domingo, 20 de diciembre de 2009

XI


Éramos siete, pero en realidad fuimos cuatro los que vivimos, los que sentimos la intima conexión con el ser, los que se embriagaron de ella. Mientras la madre tierra hacia de las suyas nosotros solo éramos cuatro borrachos, felices de la vida, de la realidad que vivíamos en ese momento infinito, donde el elixir de la vida recorría y hervía en nuestros cuerpos.

Nuestras carcajadas servían para arrullar los muertos del cementerio próximo a nosotros, donde el que mejor la pasó fue el difunto reciente, el cual todavía era dueño de su cuerpo y disfrutó con nosotros de la mágica velada. Pudo ser el calor de la muerte, tan cerca, tan hermosa, la que nos guió esa noche y nos enseñó el camino al sentir el mundo, a la inanición del hombre mismo, a la embriaguez de la mente, al desapego de la razón y la aprehensión de lo mundano con el yo propio.

Te volví a ver, OH Muerte, te volví a ver espiándome entre los pinos, decidiendo mi hora, decidiendo porque lo harías y como; preguntando la causa de mi felicidad momentánea en el infinito. Te vi mientras te retor­cías a carcajadas por los actos inexplicables en los que nos habías en­contrado; no solo estábamos muertos, estábamos tan vivos que decidiste colarte en nuestro juego, decidiste ser parte del acto y sentirte viva. Yo solo sentía tu abrazo en mi inconsciencia, solo sentí que me guiaste hasta que mi cuerpo se derrumbó entre gritos, fuego, magia, estulticia y lujuria, lujuria a la vida, a la locura, a la implacabilidad de lo bello.

Tú, hermosa Muerte, a quien doy regalo de todo lo bello, doy regalo de lo bueno y lo malo inexistente, esperaré tu llamado, esperaré aquí sen­tado, sabiendo que algún día me necesitaras para guiar a otros, como lo has hecho hasta ahora. Mientras eso llega, yo estoy.

Yo estaré entre murallas de la ceguera del hombre, mientras me llamas yo estaré con mi bastón, acompañado solo por el silencio, la soledad y el vacío de la sociedad.

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