miércoles, 5 de mayo de 2010

Memoria del Seminario sobre el Amor y la Muerte*


Cubierta por el tenue manto de la tristeza y albergando en su pecho una última esperanza, Bonadea se presentó a la mañana siguiente en la casa de Ulrich. Desde su último encuentro cada aventura nueva había sido para ella una desventura, cada ilusión el preludio del desengaño, cada promesa de Eros se había tornado en farsa y, entre tanto, la soledad – y quién sabe si no el abandono – se ensanchaba a su alrededor. Cien veces había pedido perdón en silencio; la contrición, entonces, se había consumado. Ahora se presentaba ante la puerta de Ulrich llevada por las alas del dolor y del anhelo, conteniendo las miles de pulsaciones que amenazaban a cada instante con prender fuego en su cuerpo, dispuesta a padecer con toda su entereza, con toda la dureza que era capaz de fingir, la sutil pero definitiva tiranía del amado. Ulrich, frío y duro como el mármol se demoró todavía un instante en hacerla pasar. Para Bonadea, sin embargo, esta distancia a pesar de dolorosa resultaba magnífica, exquisita como los encantos que se prometen a un infante y se ocultan lejos de su alcance, ocupando así lo desconocido toda la fuerza de su imaginación, incrementando quizá con la fantasía el valor del muñeco de trapo que se torna lejano. Acorde con su plan, entró así en la habitación. La impresión de que su conciencia se veía turbada, de que la “embriaguez sexual” actuaba en ella acrecentada por la “profundidad y rapidez del deliro” la llevó a considerarse como una loca que, al perseguir a un hombre que la “miraba como a través de una ventana”, se alejaba de sus hijos para preservarlos de su impureza. Sin embargo, poco podía hacer la culpa en ese instante para contener el incendio que llevaba adentro y que cubría de un intenso color rojizo toda la habitación envolviendo en llamas el frío semblante de Ulrich que, a pesar de ello, persistía en su actitud, como si el nuevo ambiente de la habitación no fuera más que el esfuerzo de un corazón amante que “tapiza de ilusión las paredes de la instancia” y que, en el mundo real, nada significa. Bonadea se sentía sometida por la “metamorfosis de la conciencia”, por la embriaguez de una sexualidad que amenazaba con desbordarla y que solo era contenida por la marmórea templanza de Ulrich que se empeñaba de nuevo en obsequiarle pensamientos, cosa que por lo demás le resultaba terriblemente aburrida a Bonadea, ávida como estaba de sentimientos.


Decidió sin embargo proseguir con su estrategia de agradar a Ulrich y, mostrando primero un inusitado interés por la Acción Patriótica, así como una simpatía y admiración imprevistas por Diotima, su rival, se inclinó por ingresar en los preparativos de la Acción. Pero Ulrich, con diplomacia, le cerró esa puerta. Quedaba otra: Moosbrugger, el depositario de la demencia social, llevaría ahora sobre sus espaldas la salvación de Bonadea que pretendió mostrar simpatía hacia el ingenuo asesino creyendo que con ello penetraría en el deseo de Ulrich. Tampoco funcionó, y hasta en la conversación sostenida sobre el destino de Moosbrugger, éste parecía estar sin remedio condenado a tener a los barrotes por única compañía, mientras llegaba la hora de su redención. Ahora, el cuerpo de Bonadea parecía ser el único capaz de hacer lo que sus labios no lograban decir, la llave que podría por fin abrir la coraza de un hombre que se escurría en la penumbra de sus pensamientos. Tomó la mano del impertérrito caballero y la extendió sobre su ceno, pero con una dulzura decisiva le fue retirada y la triste Bonadea sintió por un momento sus ojos inundados de lágrimas, dolor y desesperación. El aturdimiento se extendió por toda su piel; la idea de que pudiera perder en aquel instante el dominio sobre sí misma sin darse cuenta de ello le resultaba aterradora, insoportable y, por lo mismo, debía evitarla a toda costa, luchar por contener la marea que amenazaba con desbordarla e inundar la habitación así Ulrich naufragara en las sórdidas aguas de su deseo. De repente saltó una “ilusión corporal”: una pulga que, sin saber si fue real o imaginada, sobrecogió todo el cuerpo de Bonadea y la obligó a contener la respiración. Ella pronto comprendió que el último recurso inconsciente de una mujer desesperada podría ser una pulga que habitara en las regiones de su cuerpo destinadas a los amantes. En efecto, no había rastros del impertinente insecto. Lloró entonces como una niña agobiada por el peso de una travesura, de una broma pesada que ya no causaba risa sino dolor. Triste Bonadea....


En esta sesión se eligió como “hilo de Ariadna” el problema: “Bonadea: Otro caso de responsabilidad disminuida.” Y es que en primera instancia podemos observar que bajo el influjo de Eros la triste dama siente una modificación irrefrenable de su conciencia, de su conducta y de su percepción; la “embriaguez sexual” se apodera de ella revistiendo al mundo de atributos distintos a aquellos que lo ordenan usualmente, extendiendo por todo su cuerpo una disposición a la seducción que, pese a envolverla en un manto de delicias y promesas, la hace vulnerable a la angustia y al dolor. Como la prostituta que agredió a Moosbrugger con su ternura, se encuentra ahora Bonadea presa de un anhelo incontenible, haciendo intentos para que Ulrich la secunde en sus intenciones voluptuosas pero sin tener los recursos suficientes para la seducción de éste hombre que se escabulle apenas se muestra ante ella. Las medias verdades a las que recurre para seducirlo, son al tiempo medias mentiras que evidencian que su actitud no está fuertemente arraigada a ninguna de ellas, que su fe en esos pensamientos es un accesorio, un medio para acceder al deseo de Ulrich y por tanto tiemblan a la menor ventisca y amenazan con desplomarse como un frágil castillo de naipes a la intemperie. Por lo pronto, no nos cabe duda de que el drama humano que se representa en Bonadea es complejo y difícil de comprender: ¿es la frágil dama un ser que se sacude violentamente ante el llamado de la emoción, que lo escucha y se dirige a él tan pronto se manifiesta pero que de igual forma es incapaz de tejer un sentido con aquello que la emociona, de prolongar la impronta de su deseo en el tiempo y mantener su llama ardiendo en la dirección trazada? ¿Se manifiesta entonces el deseo humano en emociones de diversa índole pero conserva en el fondo una unidad primigenia, un matiz cohesionador de todos los sentimientos, de todas las tendencias que pese a surgir dispersas conservan una misma “tonalidad” que en este caso se le fuga a Bonadea ? ¿No podría ser también lo contrario, es decir, que el deseo no es un núcleo que a modo de fuerza gravitacional suspende las emociones y los sentimientos a su alrededor sino que incluso su mecanismo básico se sustenta en la dispersión y la contradicción de las pulsiones? Inquietudes estas que siembran el desconcierto y nos previenen, para efectos de comprender la situación de Bonadea, de la construcción de un juicio moralista en torno a su drama que, proveyéndola de la absoluta conciencia de su accionar, de toda la “responsabilidad” con respecto a su forma de asumir la emoción, no resolvería el misterio oculto tras su triste mirar.


Es cierto, sin embargo, que pese a utilizar sus mejores esfuerzos por construir rápidamente un semblante que atrape sobre sí la mirada de Ulrich, sus intentos fracasan. Esta seducción “precaria y riesgosa” no le deja otro recurso que su voluptuosidad, último medio de acceso al hombre apetecido que, en este caso, no le daría ningún resultado positivo, ningún aviso de que la chispa del deseo logró incendiar efectivamente el corazón del amado. El ominoso peso del rechazo, entonces, se torna en ella en una indignación que reprime al máximo su “embriaguez sexual”, como si un enorme muro de contención fuese puesto en medio de un mar enfurecido que se agita por atravesarlo, que fustiga en vano los ladrillos hasta que salta una gota al otro lado o, en nuestro caso, una “pulga” que es al tiempo manifestación del anhelo que late y de la frustración del deseo que muere.



*Memoria del Seminario sobre el Amor y la Muerte, “Luís Antonio Restrepo”:

Robert Musil: “El hombre sin atributos”, Capítulo 63 “Bonadea tiene una visión”

Responsable: Juan Camilo Arias Expositor: Julián Vanegas

1 comentario:

  1. Hay hombre-hielos que descripción de la existencia humana y femenina

    que mujer esa Bonadea!!!

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