martes, 13 de julio de 2010

Después de todo, pensar

Por estos días, durante mi visita a Bogotá, como si el destino tuviese cara de travieso, se llevó a cabo el Festival Malpensante, en términos de la crítica, uno de los encuentros intelectuales más importantes del país. Seguramente algunos de mis -tres o cuatro- lectores se habrán preguntado por el trasfondo del nombre de este blog en contraste con el de la revista (El Malpensante), que ya no es revista sino “Casa”, por el afán formalista colombiano, organizador del evento que menciono.

No asistí al festival, ni de riesgos. No creo ni quiero tener lugar en ese antro tan bonito, pero pude ver algunos apartes de su desarrollo por la televisión. Lo mismo de siempre: Luis Ospina dando cátedra de realización de documentales, Jorge Velosa -al que usan como conejillo de indias para pretenderse “plurales”- recitando coplas bucólicas, Hector Abad Fasciolince firmando autógrafos y William Ospina releyendo el mismo corazón del pájaro (¿Acaso no puede escribir otra cosita? ¿y después de repetirlo durante años ni siquiera lo aprendió de memoria?). En fin, la muestra viva de los ampones que tenemos por símbolo.

El público era todavía más selecto: pude reconocer a Alejandra Borrero, Diego León Hoyos y Antonio Morales, que a la vez se ganaba unos pesos documentando para Señal Colombia. Nada sorprendente, raro sería verme yo como invitado.

El Festival Malpensante transcurrió bajo el lema “Viva el ají”, una completa patraña, porque Hector Abad no dice groserías, ni le hace picar la lengua a nadie, ni se la pica él, y tampoco creo que coma ají. No, él comerá langosta al vino, o por mucho, una salsa de jalapeño traída desde Veracrúz. Pero eso no es ají. Y por Hector Abad me refiero a todos. Montón de cretinos. Aquí empieza a desnudarse el dolor de cabeza que me produce ese círculo, tan fuerte, que en vista de la imposibilidad de los analgésicos, decidí hacer un blog en su deshonor, pretendiendo revivir la batalla de la liebre y la tortuga. Mi Nopensante no es una parodia ni una burla, es una reivindicación, porque los adjetivos son tan venenosos como antídotos. El Malpensante, integrado por ricos y embusteros que se dicen artistas, olvidó meter las manos en los bolsillos de los desamparados; olvidó tocar las puertas imprevistas y gritar y aseverar sin lugar a reproches; perdió la noción del arte, la transformó en adorno, y eso para mí, desamparado por los desamparados, es pecado mortal. ¿Pero dónde nace la injuria? En la palabra, en el adjetivo vanagloriado, la peor ignominia conocida por el hombre: PENSAR.

Me supone un problema semántico hablar de “mal pensar”. Es un pleonasmo irrefutable, porque pensar no es bueno, no puede serlo, ni tampoco puede ser malo en el sentido audaz. Concuerdo en que el acto de pensar, que es, dicho de algún modo, utilizar el cerebro en ejercicio de reflexión para considerar o decidir, es la máxima posibilidad humana dentro de lo humano. Pero acaso, ¿qué de magno somos los humanos? Nada, basura. La única posibilidad de salvación del hombre es dejar de ser hombre, elevarse en espíritu. Ahí la diferencia entre oriente y occidente. ¿Cómo nos podemos ufanar de anclarnos a lo corpóreo?. La misma acepción muestra la falencia: pensar es oscilar, porque como hombres, al paso de cada segundo somos nuevos, cambiamos de bando como de ropa, y eso no sugiere confianza. Pasar de ser asesino a obispo sin pagar la penitencia no es acto de virtud. Y lo peor de todo: en El Malpensante les quedó grande entender lo simple. Incurren en un descaro hermenéutico al soportar su concepto como una insistencia al escepticismo, ¿pero cómo va a ser escéptico pensar?. ¡Güevones!. Pensar está arraigado a un método, y al más impostor y dañino. Por pensar, en occidente no sabemos más que matarnos y engañarnos. ¡Pero cuales artistas! Yo digo que “malpensar” es un error de mala entraña, una sandez, como su revista, su festival y sus maricas hipócritas y arteros.

Yo me quedé en el uso de la conciencia, que es infalible y sabia. ¿Para qué pensar?. La equivocación era permitida en antaño, ahora el estandarte es evitarla.

Terminó el festival dejando improntas de sonrisas, bolsillos llenos y copas de whisky vacías, pero el mundo se sigue muriendo, se sigue matando, angustiando, engañando, creyendo, raptando, embruteciendo, intimidando, perdiendo, condenando, y a cada paso, al frente de la ineficacia, sigue pensando.

Tomado de:
http://elnopensante.blogspot.com/

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