jueves, 12 de enero de 2012

Desobediencia Civil - Mario Mendoza


Hace exactamente un año abrí este blog. Yo, un pesimista irredento, salí de mi cueva para intentar conectar con otros allá afuera, en la selva despiadada y sin control de nuestro tiempo. ¿Por qué? ¿Qué fuerza me arrastró a creer en un sueño semejante?

Creo que fue la suma de dos fuerzas distintas. Venía sintiendo que la imaginación narrativa, de un modo extraño y soterrado, me había exiliado en mí mismo. Es una particularidad sólo de este género: la novela. El cuento, la poesía, el teatro o el ensayo no producen ese efecto devastador en el escritor. Pero la novela sí: poco a poco los personajes crean una realidad paralela, un mundo virtual en el que nuestro cerebro se va quedando a vivir sin darse cuenta. Luego, cuando uno intenta hallar el camino de regreso a la primera realidad, no encuentra sino puertas falsas, corredores vacíos, cuartos llenos de polvo donde nadie habita desde hace tiempo. Es la dura historia del novelista extraviado en un laberinto construido por su propia imaginación, por su fantasía, por sus delirios. Uno anhela volver a ser real y ya no puede… Sólo puede aullar mientras intenta zafarse de su propia trampa… El cazador cazado…

Entonces llegó la segunda fuerza: en Túnez, un joven vendedor de frutas y verduras se inmoló para recuperar su dignidad a mediados de diciembre de 2010. Mohamed Bouazizi se había chamuscado en público porque ya no daba más, porque estaba al límite de la desesperación. La noticia me impactó profundamente. Durante días rastreé a ese joven que estaba en un hospital convertido en una momia humana, con todo su cuerpo cubierto por llagas incurables. Terminé el 2010 pensando en él, pendiente de cualquier noticia que hablara sobre su salud. La imagen de Bouazizi convertido en una tea humana era no sólo brutal, sino reveladora: nos dejaba a todos sin aire, nos arrinconaba, nos obligaba a despertar.

El 1 de enero de 2011 abrí este blog pensando en una resistencia civil a través de la literatura, una resistencia a través de la imaginación narrativa, una resistencia que entendiera a don Quijote, a Bartleby, a Wakefield o a Eladio Linacero como outsiders que dicen no, como personajes que se niegan a hacer parte del desastre que los circunda. Lo que deseaba, lo que anhelaba, era mostrar la fuerza política del que se mantiene al margen gracias a sus lecturas, a sus libros: la biblioteca como un arma. Esa misma biblioteca que le queman a don Quijote con la esperanza de que vuelva a ser un granjero productivo común y corriente. Durante días, frenéticamente, escribí varios textos que inauguraran el blog, que le dieran cuerpo, que lo hicieran resistente a las críticas virulentas que seguramente se vendrían encima.

Tres días después, el 4 de enero de 2011, Bouazizi murió en el hospital y poco a poco empezó a tomar forma la Revolución de los Jazmines, que luego crecería hasta transformarse en la Primavera Árabe. No estaba equivocado: desde mi pequeño blog, desde mi diminuta ventana virtual, yo iba pegado a ese sueño, a ese anhelo: transformar el mundo. No lo estaba haciendo mi generación, sino jóvenes de 20 a 30 años que, como decían en sus pancartas, ya no tenían miedo a nada.

Luego, un expresidiario de un campo de concentración, Stéphane Hessel, alimentó el espíritu de revuelta mundial y, desenpolvando el viejo concepto de David Thoreau, llamó a los jóvenes europeos a la desobediencia civil. Fue el comienzo del movimiento de los Indignados, que llegaría hasta Nueva York, Los Ángeles, San Francisco, Madrid, Santiago y Bogotá. Los jóvenes salían a la calle y decían no. No a la banca mundial especuladora y agiotista, no al simulacro de democracia, no al terrorismo de Estado, no a este sistema mentiroso y ladrón que incrementa impuestos para enriquecer aún más a los poderosos. Proyecto Frankenstein, mi blog, desde su modesto rincón virtual, se iba sumando a la indignación general.

Semanas después mi correo, mi Twitter y mi página de Facebook sufrieron ataques brutales y tuve que cerrarlos. No importa. El blog sobrevivió y muy lentamente, desde una nueva opción minoritaria (Google+), logré renacer de los escombros un poco apaleado pero intacto.

Y bueno, aquí estamos. Ha sido un año duro, teso, no siempre con la esperanza a flor de piel (hay que reconocerlo), pero seguimos de pie. Algo está pasando y me niego a perdérmelo. No deseo encerrarme en la cúpula de cristal del escritor que mira desde lejos el paso de la Historia. No. Antes bien, espero este año conectar más que nunca con ese afuera que me enriquece y me complementa, espero salir a la calle a protestar, y espero seguir resistiendo con lucidez desde las páginas ajenas y las propias. La lectura y la escritura como formas de la desobediencia civil.


Tomado de: http://mariomendozaescritorcolombiano.blogspot.com/2012/01/desobediencia-civil.html

1 comentario:

  1. "El cuento, la poesía, el teatro o el ensayo no producen ese efecto devastador en el escritor"

    Quisiera, sin ánimos de erudicción o snobismo de citas, responderle a modo de pregunta; ¿está usted seguro que Borges, o por poner a uno más sufrido, Carver, no se quebrajaron con el cuento?, ¿está usted seguro que Philip Larkin no escribió su poesía de los laberintos y los sufrimientos más hondos que puedan concebirse?, ¿está usted seguro que el teatro de Beckett no es una agonía laberíntica constante, y de que ha superado a muchas novelas?, ¿y qué cree usted que pasaba cuando Susan Sontag escribía un ensayo?.

    Además, las formas "cuento", "poesía", "teatro", "ensayo" y "novela", yo añadiría "periódico", ya se han prestado las unas como a las otras sin necesidad de ésas categorías diferenciadoras de profesor de secundaria. Piense usted en los autores que cité arriba, y piense usted, antes de publicar, que un cuento de Borges o Carver como una novela-periódico de Capote, pueden encerrarlo a uno "en uno mismo".

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