martes, 21 de mayo de 2013

Arte y Resistencia

Por: Daniel José Acevedo



Hace unos años ya, iba caminando por la carrera 80 en la ciudad de Medellín, cuando fui testigo de un acontecimiento muy particular. Imagínense una tarde soleada, hora-pico, de esas donde los vendedores de Bon-ice hacen su negocio y los hombres disfrutamos de las mujeres sueltas de prendas, agobiadas por el calor. Ellas despiertan suspiros, deseos y algunos coloridos piropos de albañiles, taxistas, carpinteros y uno que otro adolescente con las hormonas en proceso de erupción. El pitido de los carros se escucha al unisono como una autentica melodía urbana que nos agobia con su existir. Hasta allí todo lo normal que se encuentra en una ciudad como Medellín. Pero el telón apenas estaba a punto de ser abierto.  Cuando me acerque al “rompoy de Don Quijote”[1], vi a una mujer de cabello castaño mal cortado, una falda larga y una suerte de camisilla azul. No era en realidad muy bella, pero sus ojos me llamaron la atención inmediatamente. Eran de un color verde oscuro, parecido a los de una pitonisa o una diosa pagana antigua, de esas que bailaban en el claro de un bosque o de las que entonaban bajo las olas, una provocativa canción.

La mujer se paro en el centro del rompoy – lugar privilegiado donde se concentra toda la vista, toda la recepción-, miro hacia su frente un momento, con la mirada perdida. No parecía estudiar ningún detalle exterior en absoluto. Tal vez estaba intentando conectarse o establecer algún vínculo con alguna fuerza desconocida o poder interior. O tal vez simplemente no pensaba en nada y dejaba su mente en blanco, preparándose para lo que iba a suceder a continuación. De un momento a otro, ante la sorpresa de los transeúntes y conductores que pasaban por el lugar, la mujer empezó a efectuar un extraño y particular baile. Que aun hoy, luego de tantos años, no logro olvidar. Al principio se movía como una especie de robot o autómata, haciendo siempre los mismos tres pasos. Movía primero su mano izquierda con determinado ritmo durante un rato extenso. Luego retrocedía levemente y agitaba sus dos brazos hacia adelante y hacia atrás. El tercer paso era un giro, que sorprendía cuando llegaba y que le daba a su baile un aire etéreo, irreal.  Pero luego  de este principio, la danza se hacía más dinámica, empezaba a mover sus piernas y moverse agraciadamente, sus manos se movían como culebras buscando una presa para cazar. El movimiento de cintura me recordaba un eclipse, como el día y la noche, en cada agitada. Su cuerpo estaba desterritorializado, no tenía territorio, era parte de ese parque y de ese paisaje urbano demencial. Las personas optaban por reírse del espectáculo o ignorar a la mujer que podía ser considerada una loca, por pararse en un lugar tan llamativo a hacer aquel acto considerado estúpido, incoherente, fuera del sentido común. Solo uno o dos, (incluyéndome), nos quedábamos hipnotizados, mirándola, intentando descifrar el enigma, su baile, suerte de absolución.

Esa mujer, queridos amigos, era una artista o al menos una metáfora de lo que es la resistencia en el arte; y es precisamente en este punto, donde quiero pararme hoy. Pienso que, el concepto de “revolución” es un significante que ya tiene amplia revisión y que ha sido abarcada en otros ensayos y poemas de la revista. Yo quería concentrarme en “resistencia”, al menos levemente y hacer una pequeña reflexión. La bailarina hace un acto de resistencia puro, que nace de su propia multiplicidad, de su interior.  Resistir es una acción que puede hacer cualquier cuerpo en determinado sistema arbóreo en el que se ve inserto. Todos podemos o tenemos la potencia o la posibilidad de devenir resistentes. En términos más entendibles, todos llevamos la resistencia adentro, este adormilada o no. En el momento en que nos paramos contra el sentido o la percepción común del mundo, básicamente, estamos resistiendo y estamos dándole a la vida un nuevo aire, una renovación. No solo la bailarina o el artista resiste, cualquier persona en cualquier profesión determinada puede resistir desde su posición en el mundo y en su sociedad: Médicos, abogados, obreros, taxistas, funcionarios administrativos, profesores, estudiantes, tenderos, todos pueden ejercer un acto de resistencia. Ahora bien, la resistencia tiene un vinculo muy profundo con el artista, quien la lleva a un nivel más allá, porque este tiene el poder de hacer caer en crisis las formas en que representamos y percibimos el mundo. Su resistencia puede pasar de un instante o un momento y perdurar en su obra o en su manifestación a través del tiempo. Los museos están llenos de cadáveres y leña quemada que ahora son cenizas de lo que algún día fueron. Pero que dan cuenta de llamas que alguna vez pudieron traducirse en resistencia en una determinada época.

La resistencia es una parte fundamental del quehacer artístico. Es un elemento necesario e incuestionable de cualquier producción estética. Viene desde el primer hombre que pintó en las cavernas la muerte de su enemigo, pasando por las canciones juglarescas de amor prohibido, culminando tal vez en algún oscuro poema escrito con sangre y dolor. El poeta, el artista y el filósofo resisten, ¿resisten contra qué? Contra el mundo, contra los poderes, contra las estructuras, contra el orden,  pero principalmente contra la majadería y el sentido común. Gilles Deleuze, un filosofo francés,  pensaba que el artista era una especie de medico, que diagnosticaba al mundo y de alguna forma le traía salud. Los poetas, hijos de Dionisio y Apolo, son visionarios pues son capaces de percibir la mascara y el artificio, su poesía debe dar cuenta de ese malestar o enfermedad que sacude nuestra realidad –esa terrible construcción-, y por tanto, traducirse en resistencia. Perder el miedo a la vergüenza, el rechazo o el castigo, desafiar formas de percepción. Pues retomando de nuevo a Deleuze, el artista crea perceptos -formas de percepción independientes del ser en si-, que sacuden, trastocan y mueven el sistema y la estructura cultural bajo la cual esta organizada nuestra forma de ver el mundo, de representarlo. Todos articulamos una visión.

Así, no pensamos “Resistencia”, como un fenómeno vinculado únicamente a la política o a la lucha de clases, sino  como una de las fuerzas primarias del impulso creativo de cualquier artista. La resistencia dio origen a una multiplicidad de vanguardias que desafiaron en algún momento el establechiment, los cánones y la propia forma en que nos representamos, en que nos articulamos como sujetos mediante la cultura y la tradición. En un mundo plegado de distintos poderes, de morales anticuadas, de falsas certezas religiosas, instituciones caducas y soledad constitutiva del nuevo mundo posmoderno se hace cada vez más necesaria la labor del artista. El cual, además da cuenta del artificio bajo el cual estamos inmersos y se burla de manera desenfrenada de la seriedad y la absurda certeza con la que están construidas muchas de las estructuras de pensamiento de nuestro mundo. Que son frágiles, sostenidas solo por fuertes discursos hegemónicos. Pero siempre puede pasar que una pequeña brisa de viento sople y derrumbe la edificación, el templo, un discurso insostenible, regular. 

En este sentido, el artista o el poeta, puede apropiarse de elementos emotivos, como la risa –como pensaba Bajtin-, que le permitan sacudir los mismos cimientos de la mentira en la cual vivimos. Notable es, por ejemplo, el invento de la pata física, como ciencia de las soluciones imaginarias. Una interesante forma de demostrar las falencias de la metafísica y la ciencia, de cualquier intento de creer que podemos racionalizar una realidad que en definitiva nos desborda y que jamás podremos del todo capturar. Así, vuelvo a la bailarina solitaria, que sigue moviéndose aun bajo la lluvia y la incomodidad de los transeúntes. El arte no nació para ser comodidad, no nació para ser tranquilo, no nació para ser certeza, nació para movilizar, para agitar, para sacudir, para hacer gritar. Para hacer enfrentar nuestros miedos, para hacer recordar lo frágiles que somos y para llevar cualquier emoción o percepción a un nivel más alto, donde se haga impactante, fuerte, llamativo, sublime, que nos confronte nuestra propia posición como sujetos en el mundo, nuestra forma de ser o más específicamente de lo que creemos “ser”.

La danzarina es consciente de que su danza no puede imitar ya el mundo, lo que la mueve no es el deseo de la simple representación. Lo que la mueve es un flujo, la autentica necesidad de la creación. Ella deviene baile, deviene música. Es una danza que no imita al mundo, sino que lo parodia y lo confronta.  Ella establece un dialogo con los que pasan, los interpela, les cuestiona su visión de lo aceptable y lo absurdo. Les hace sentir que en cierta medida todos estamos locos, nos invita a participar en su danza, en “resistir” al menos por un momento contra la lógica y el sentido común. Nos invita a perder el miedo a lo que nace de nuestros deseos y del orden imaginario, aquel que no es medido por el símbolo, el poder y nuestro superyó. Se para orgullosa en el centro de la glorieta, para mostrarse como una actriz del mundo, que escenifica un teatro no en un escenario artificial sino en el mismo mundo real, donde actuamos cotidianamente, donde caminamos, sin ton ni son. Su baile continúa y se multiplica, su delirio se trasmite en cada paso, en cada instante, en cada sensación. El espectador es activo, participa, no puede ignorar completamente lo que acontece. Su baile se torna así, un desafío, una resistencia, que sacude su entorno, su visión.

La invitación desde luego entonces, es a iniciar nuestra propia danza, a resistir. No solo desde la labor artística sino desde cualquier posición o razón de vivir. El fuego de la resistencia arde en mayor o menor medida en cada uno, solo hay que dejarlo crecer.  Nada puede en este mundo, contra el hombre o la mujer que danza, en un parque, en un río, en un cementerio, en un cabaret o bajo la lluvia. Esa danza de la resistencia, que es motor de movimiento del devenir artístico y que hoy tiene un toque ligeramente innombrable.



[1] Siempre me llamo mucho la atención, como se pueden juntar en una misma frase estas dos palabras: “rompoy” que hace una extraña conjunción e interpretación paisa de la palabra inglesa “round point” y Don Quijote la obra cumbre de la literatura en castellano. 

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