jueves, 15 de agosto de 2013

Los rituales del viento




Tatiana caminaba por la calle. Estaba furiosa. Había sido un mal día en el trabajo y su jefe le había gritado. Aborrecía su empleo. Alguna vez había soñado con ser una gran artista, quizás una actriz o una pintora, pero ahora era simplemente una de las tantas cajeras del Banco Nacional. A veces quisiera olvidarse de todo, desintegrarse en la niebla de la urbe, desaparecer. Pero, no podía y la frustración la embargaba. Todo era tan absurdo y monótono, no parecía existir escape alguno, ninguna oportunidad. Refunfuño. Estaba muy aburrida. Pateo una piedra que fue a chocar contra una caneca de basura. Llego a la puerta del edificio donde vivía. Saludo al portero, pero este pareció no darse por enterado porque no devolvió el saludo. Que idiota, pensó. Subió el ascensor y llego a su pequeño departamento oxidado, en las entrañas de Bogotá.

Cuando entró en la habitación descubrió algo asombroso. Se sorprendió al mirar sus manos y  brazos, o mejor dicho no vio nada. Pues sencillamente no estaban ahí ¿Seria que alguna divinidad difusa había escuchado su plegaria? Ella no creía en dios, pero esto, era absolutamente imposible. Se quitó toda la ropa y se dio cuenta que su cuerpo ya no estaba. Sus senos, su cintura, sus piernas, no quedaba nada. Solo un ligero abismo de silencio. De alguna forma al fin se convertía en alguien imperceptible, con ausencia de color. Lo primero que vino fueron las preocupaciones, pensó en el trabajo, en cómo comería, en cómo se comunicaría con los demás sin que se asustaran. Empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, pero no se le ocurría idea alguna. Podría ir al servicio de salud, pero, ¿qué droga o tratamiento podía servir para la invisibilidad? Llamar a un amigo, tal vez. Agarro el teléfono, marco los primeros números: 2-15-67. Dudo un momento. No, él no le escucharía, pensaría que se le había zafado un tornillo de la cabeza. Ante la frustración de no tener nada, ni nadie que pudiera ayudarle en esta situación, se acostó en la cama bocaarriba. Miró al techo, levanto su mano y abrió los dedos. No, no los veía. Quizás fuera sólo una pesadilla y solo necesitara dormir. Dormir y no despertar.

Así pasó la noche. Se levantó. Lo primero que hizo fue mirarse al espejo, se sorprendió  al constatar que su cuerpo había vuelto. Sólo había sido una horrible pesadilla, una en la que no quería volver a entrar. Tal vez había consumido alguna droga exótica, sin haberse dado cuenta. Aun que a duras penas había probado una o dos veces un porro en la facu y su única adicción eran tomarse algunas polas la noche del viernes o sábado en el bar de la esquina. Varias teorías pasaron por su cabeza. Pero ahora lo más importante era ir al trabajo. Así que se olvidó del asunto, se preparó su desayuno y salió apresuradamente del edificio. Sólo había alcanzado a tomarse la mitad de su café. Se dirigió a su trabajo, donde su jefe la recibió alzando una de sus cejas en tono de desaprobación a pesar de haber llegado sólo un minuto tarde.

El día se fue entre papeleos, enormes filas y algunos reclamos de señoras encopetadas con ganas de llamar la atención. Se puso feliz cuando la jornada termino, era hora de volver a casa. Se fue caminando. Pronto empezó a oscurecer. A medida que la luz se iba, empezó a notar algo extraño. Se estaba haciendo invisible de nuevo. No lo podía creer, estaba realmente asustada.  Corrió como poseída hasta el edificio y paso rápido del portero antes de que este alcanzara a detallarla demasiado. Agradeció que fuera despistado y poco observador. Cerro la puerta con doble seguro. De nuevo las mismas preguntas del anterior día. Ninguna con respuesta. Pero todo se resumía en un: ¿Qué hago ahora? A pesar del cansancio decidió que debía tomar medidas. Se le ocurrieron algunas ideas, pero debía esperar al otro día para efectuarlas. Así que decidió seguir con su normal rutina. Comió con algo de dificultad y se le rego algo de comida en su ropa. Maldijo en voz alta. Luego se puso a ver tv un rato sin poder concentrarse, hasta finalmente quedar dormida en su cama.

Al despertarse comprobó lo que sospechaba, se volvía invisible sólo en las noches. Así que no tenía tiempo que perder. Llamó al trabajo y dijo que se sentía muy indispuesta. La chica que le atendió, que era la secretaria del jefe, le dijo que tuviera cuidado, porque el jefe la tenía en la mira. Tati suspiró triste. Pero reafirmo su estado poniendo un tono de voz de enfermo terminal dejando su última sentencia. La secretaria acepto y dijo que daría el informe, acompañado de un deseo de mejoría. Colgó y le saco la lengua al teléfono.

Hizo lo primero que se le ocurrió. Tenía que experimentar. Se dirigió a una tienda de pintura y compro de diferentes tonalidades. Recordó los tiempos en que había soñado con ser artista y practicaba un poco de body panting. Era tiempo de comprobar que tan bueno era su talento. Se pintó todo el cuerpo. Se ayudó un poco con el maquillaje. Luego se puso ropa que le tapara lo más posible. Aprovecho que hacía frío, se colocó una bufanda y unas gafas negras. Salió a toda prisa y se dirigió al bar. Allí se sentó y pidió una cerveza. El mozo la miro extraño pero no hizo ningún comentario. Los colegas del bar con los que de vez en cuando se sentaba a charlar y contar una que otra anécdota o chiste. Hoy parecían ignorarla por completo. Sólo uno, robusto y barbado, el más cercano, se acercó y le preguntó: “¿Estas enferma?”. Muriel entonces no pudo aguantar el impacto y salió corriendo del local, sin dirigirle la palabra a nadie. Corrió y corrió llorando, pensando que ya nadie la vería como un ser normal.

Llegó a su casa furiosa. Tiró los botes de pintura por la ventana y se sentó en su cama desconsolada. Así quedó dormida. Al otro día, que era sábado, ni se levantó de su cama. Recibió una o dos llamadas, pero las ignoro. También había un mensaje en el contestador de su amigo del bar preguntando por su salud. Desconecto el teléfono y se acobijo. Cuando llego la noche, decidió salir a caminar para pensar un poco. Se dispuso a colocarse la ropa, pero al final lo considero como un gesto inútil. El frio había mermado y al final era igual pues nadie le vería. Salió cabizbaja y pensativa. La brisa le empezó a hacer cosquillas y una particular sensación se apodero de ella. Le gustaba como su cuerpo desnudo chocaba contra el viento.

Pero, ¿no había deseado ella eso? El ser invisible, devenir imperceptible. Sea lo que fuese que hubiera pasado su pedido había sido escuchado, quizás por una estrella fugaz, por algún duende nocturno o alguna divinidad desocupada en un cielo sin wifi. De repente se sentía como un ser etéreo que volaba por las calles. Ella había logrado al fin un poco de aquello que llaman libertad. Libertad que solo es absoluta en el momento en que no eres percibido, en que tus manos se convierten en alas que no son vistas y tus pies en cohetes que desafían el viento. Se sintió feliz. Se dirigió al parque más cercano y empezó a bailar desnuda en el centro alrededor de algunos ancianos, parejas de novios y unos paseadores de caniches. Su baile recordaba a un antiguo ritual, quizás uno de tiempos antiguos, cuando los shamanes lograban una conexión con el todo que nos conforma. Así se sintió ella, una con el todo. Había perdido su propio yo, un “yo” que ya no puede verse al espejo, que levita perdido, en aquella noche de fiesta e irrealidad.

Luego se puso a pensar, ¿y si aprovechara para hacer otras cosas que eran indebidas?, se mordió un labio coqueta y sonrió. Muchas ideas perversas vinieron a su mente. Quizás aparecérsele en la noche al jefe, asustarlo y bajarle los pantalones en público. Entrar a un centro comercial e ir por su vestido favorito. Toquetear a un hombre en la sala de cine mientras están en una escena erótica de una peli y ponerlo incomodo, nervioso. Entrar a la heladería y tomar un poco de helado. Patear en las bolas al policía que se había burlado de ella alguna vez. Entrar siempre a preferencia o Vip por encima de cualquier gorila abusador. Bailar desnuda bajo la lluvia, en medio de la selva de cemento. Se impresiono ante tal cantidad de poder. Tati se sintió plena, etérea e inmortal.

Así pasaron algunas noches de bailoteos y travesuras nocturnas. Tati era una cuando entraba por la puerta de su casa al llegar del trabajo y otra cuando salía. O se podría decir que ya no era. Existía la Tatiana que trabajaba juiciosa y seria, que nunca llegaba impuntual al trabajo y la Tatiana que se perdía para la vista de todos, desaparecía en la ciudad. Una noche que retornaba del trabajo escucho a sus vecinos haciendo el amor. El movimiento de la cama y los gemidos de la mujer se filtraban a través de la pared, como escarabajos juguetones. El eco escandaloso de sus gritos la agitó y la trastocó. Sus vecinos siempre habían sido así. En algunas de sus últimas noches de soledad los maldecía en silencio. Pero hoy, lo miraba desde otra perspectiva.

Una idea lujuriosa le paso por la cabeza. ¿Y si entraba? ¿y si se acercaba a sus cuerpos desnudos y sudorosos? El solo pensarlo hizo que se sonrojara. No, no. Había ciertos límites que no se debían pasar. Era su intimidad. Ya era demasiado. Sin embargo pensó que era poco probable que alguien se enterara. La tentación le hablaba a sus oídos coqueta, y la serpiente del deseo se movió entre sus muslos apretando con ardor. No pudo aguantarlo. Se empezó a tocar mientras pensaba en ello. Se tocó hasta terminar con un pequeño grito de placer. Ese día no fue capaz de hacer más, así que se durmió. Pensando en cuerpos que se agitan y se cruzan en un océano de fuego y sudor.

Al día siguiente de volver del trabajo Tatiana decidió arriesgar el todo por el todo y entrar en la casa de los vecinos. Espero a que llegara la mujer y cuando ella abrió la puerta aprovecho y entro en el departamento. Se felicitó a si misma por su habilidad y rapidez. Espero en silencio a que la pareja se fuera a la cama. Luego cuando apagaron la luz se dio cuenta que era tiempo de entrar en acción. Entro en la cama despacio, aun con algo de temor. Aquel hombre penetraba a la chica con suavidad. Se acercó a la conjunción de cuerpos y empezó a tocar lentamente. Acaricio la espalda de él, sus dedos caminaron los muslos de ella. Acerco sus labios y beso sus cuellos desnudos que no podían reconocer nada en el fragor del momento y las sombras de la oscuridad. El ritmo de la penetración subió un poco y el nivel de placer se acrecentó. Acaricio el pecho peludo de él y paso su lengua por los pezones de ella. Permitió a su vez que la tocaran, que la palparan en el aire, sin saber que había un cuerpo más en la cama. Acariciaron sus senos, su espalda y sus nalgas. Algunos besos juguetones y perdidos abrazaron su piel. Luego el paro un momento para cambiar de posición. Aprovecho el momento y jugo un poco con el pene de él y metió sus dedos en la vagina y el ano de ella. Jugó como una niña con un juguete nuevo. Ambos emitieron gemidos de goce, que para ella eran mejor que cualquier coro de ángeles, o debería decir, de demonios desvergonzados. Se sentía una exploradora que profanaba un espacio sagrado. Una navegante que recorría el sudor de sus cuerpos y el fluido de sus órganos sexuales. Una artista, escultora de cuerpos y besos alados.

La penetración se reanudo. Todo aquello la excitaba enormemente. Se empezó a tocar ella también inevitablemente. Aquella mescolanza de cuerpos estaba cobrando su efecto, el estallido era solo cuestión de tiempo. Las manos, los pies, los labios y los cuerpos fueron solo uno. Y entonces paso lo increíble. El orgasmo llego y los tres se vinieron al mismo tiempo. Tati mordió la almohada para no gritar y que su presencia no fuera detectada, mientras la pareja gritaba de placer. Era el polvo perfecto. Pero ellos no lo sabían. Sólo Tati lo sabía. Sería su pequeño secreto. Sonrió y se retiró de la cama. Espero a que ambos se durmieran y se retiró del departamento sin hacer ruido, desapareciendo como un fantasma de la noche con una promesa de un volver. Tati se hizo consciente entonces de las ventajas de ser invisible, de los beneficios y la libertad que se diluye en cada acto, en cada Oportunidad. Ha aceptado su condición. Siente en su espalda unas alas enormes, que le permiten ascender al lugar donde antes el sol quemaba y donde la brisa se siente con más fuerza, con más ardor. Lo que siguió de allí en adelante fueron noches enteras de juegos y recorridos nocturnos. De día, Tati era la mujer trabajadora, seria, conversadora, amable. Aquella que cambiaba los billetes, hablaba de temas banales con sus amigas como lo bien que se veía el esmalte en sus uñas y lo lindo que estaba Ricardo. Sonreía. Todos en el trabajo estaban extrañados con su cambio. Ella era la rara, la artista, la anti-social y de repente se insertaba en esa normalidad trémula que siempre había detestado.

Pero cuando salía del trabajo y su cuerpo desaparecía, una sonrisa se asomaba juguetona en su rostro y un último brillo aparecía en sus pupilas para luego desaparecer. Era una estrella fugaz. Era la señal del inicio de la noche. De su noche. Entonces Tati bailaba desnuda en los parques, asustaba a pequeñas ancianas con sus caniches vestidos, tomaba cerveza y Fernet en bares mientras molestaba un poco a los ebrios jalándoles las orejas y entraba sin pagar al cine como diva de la tv. Le pinchaba las llantas al carro del jefe y cuando nadie miraba pintaba alguna pared vacía de guitarras, música y múltiples colores. Hacia el amor con los vecinos y jugaba también con otras parejas del edificio sin que pudieran percibir aquel fantasma que potenciaba su deseo y su querer. No había barreras, no había moralismos ni refinamientos. En las noches ella era la mujer sin reflejo. Desaparecía el cuerpo, aparecía Tatiana. Era un cuerpo sin piel, ni órganos. Era una pequeña brisa que pasaba inadvertida a la vista de otros, que se camuflaba en la sombra, en lo profundo del anochecer.

Pronto Tatiana ya se había acostumbrado completamente a este cambio y al manejo de su cotidianidad. Pero las cosas cambiarían. Un buen día va a trabajar como siempre, atiende a los clientes, finge normalidad. Espera con impaciencia la noche. Empieza a caer la tarde y sale feliz del trabajo. Se apura y llega a su casa. Entra al baño y se mira al espejo. Desea ver esa nada que le compone, esa nada que en la noche se pinta de colores, de deseos y de placer. Pero de repente ve que hay alguien allí. El espejo le devuelve la imagen de un cuerpo, de un cuerpo que ahora le parece desconocido. Se preguntó quién era esa mujer que se asoma desde el otro lado, qué interrumpe sus fantasías y aventuras nocturnas. El abismo se abre inconmensurable. Las cadenas vuelven de sus grietas perdidas y le atan con fuerza.

Tati no lo puede creer. Ya no es invisible. Ha perdido el don. Ha caducado el poder. Pensó que si hubiera sabido que tenía fecha de vencimiento, lo hubiera aprovechado aún más. En un primer momento se lo tomo con calma. Decidió no salir esa noche. Saco una botella de vodka que tenía en la nevera y empezó a tomar. Empezó a caminar de un lado a otro de la habitación mientras bebía. Por su mente pasaron toda clase de ideas y confusiones. ¿Quién era ella? ¿Qué extraño don era este que llegaba y luego se esfumaba sin previo aviso? ¿Por qué cambiaba tanto su cuerpo? ¿o en realidad todo había sido una loca fantasía suya? Y de nuevo aquella terrible pregunta: ¿Quién era esa mujer que se asomaba y se burlaba de ella en el espejo?

Volvió a mirarse detenidamente. Desprecio el cuerpo que se asomaba en el espejo. Le pareció grotesco, monstruoso. No lograba identificarlo consigo misma. Empezó a llorar. Las manos le empezaron a temblar. Deseo destruir a esa otra mujer, que ahora acababa en un segundo la vida que creía haber construido bajo el velo de la noche. Tomo la botella y la lanzo con fuerza contra el espejo haciendo que este se quebrara en pedazos. Se puso las manos en la cabeza y se tiró al suelo desesperada. Gritó. Con una mano se agarró de la cobija de su cama y la tomó para sí. Cubrió ese cuerpo vergonzoso. El dolor hizo que estallara en lágrimas y gemidos. Se sintió impotente e inútil. Se sintió como el mortal que toma un poco de ambrosia y néctar divino, pero que luego despierta y se da cuenta que solo le quedan panes viejos y un poco de agua para beber.

Así se quedó dormida. Al otro día se despertó, muda, sumida en sus pensamientos. Decidió no ir al trabajo. Volvió a llamar e invento otra excusa tonta. Dado el buen desempeño en los últimos días no le pusieron ningún problema. Se quedó acobijada en su cama. No era capaz de levantarse. Los fragmentos del espejo aún estaban regados en la baldosa del baño. Bostezó. Intento volver a dormirse. No fue capaz. Apretó su cobija. No quería ver su cuerpo. El día pasó lentamente. Los minutos se hicieron largos y perezosos. En ocasiones sollozaba sin remedio. En otras pasaba al silencio y el odio por sí misma. Así paso todo el día. Se sentía como una lombriz bajo tierra. No quería salir. Quería sumergirse en la inmundicia del pantano que ahora le rodeaba.

Pasaron dos días más así. Comía poco. Se paraba lo necesario. Solo para hacer sus necesidades básicas, comer y defecar. Desconecto el teléfono. De vez en cuando prendía la tv solo para sentir el ruido de la pantalla, sin prestar realmente atención. Cerro la cortina de la ventana, la luz le molestaba. Quería oscuridad y silencio. Quería aparentar que era invisible otra vez. La apuesta no le salió bien, porque pronto sus ojos se acostumbraron y la luz entraba de todas formas por pequeñas rendijas. Volvía a sollozar y pegaba puños contra la cama. Intentaba dormir, pero el sueño era efímero y tormentoso. En algún momento se paró a la cocina y pensó en cortarse la piel, en quitársela, en cortarse a pedacitos hasta que desapareciera ese horrible ser. Pero la cobardía le pudo. En vez de ello buscó un bolígrafo. Desordeno completamente la habitación para encontrarlo. Luego empezó a rayarse los brazos con fuerza. La varita mágica era deficiente, no funcionaba para ella. Se rascaba la cabeza y se atormentaba. Pero no encontraba una respuesta a lo que debía hacer a continuación, a como reestructurar su vida, a como apropiarse de ese cuerpo que hoy le parecía desconocido y repugnante.

Al tercer día se levantó al baño y tropezó con algo del desorden de su habitación. Se agacho con curiosidad. Era un viejo cuaderno. Lo miro con curiosidad. No recordaba haberlo sacado del lugar donde estaba en el armario. Quizás se había caído la anterior noche que buscaba desesperada el bolígrafo. Se encontró con sus viejos dibujos. Alguna vez había soñado con ser una gran artista. Su cuaderno estaba lleno de dibujos y pinturas. Había varios bocetos de paisajes urbanos y mujeres desnudas. Algunas bailando en el teatro, otras jugando cartas y riéndose. Algunas duchándose en las cataratas, otras haciendo el amor. Muchas mujeres desnudas en diferentes posiciones. Era un juego con el cuerpo. Cuerpos dinámicos, cuerpos que se mueven, cuerpos que cuentan historias para no olvidar. Entonces, de repente pensó que tal vez ese mismo cuerpo que ahora criticaba era su huella, era el trazado que ella delineaba en la realidad y el mundo. Se miró atentamente. Estudio cada fragmento de su cuerpo. No estaba tan mal. No era un monstruo. No al menos uno de verdad.

Había dado el primer paso. Se dio cuenta que debía tomar decisiones si quería salir de esa crisis. A ella le correspondía decidir buscando un don que tal vez ya no volvería o aceptar el cuerpo que ahora tenía y ver qué posibilidades le quedaban con él. Se decidió por lo segundo, lo primero era sin duda un camino sin retorno. No obstante, le costaría y necesitaba reencontrarse consigo misma. Se bañó y se arregló rápidamente. Se dirigió al trabajo. Entro a la oficina del jefe. Allí, sin decir una sola palabra coloco su carta de renuncia encima del escritorio. El jefe la miro sin entender. Tati no dijo nada. Solo le miro con desprecio y luego se fue. Se sintió aliviada, desinhibida, única. Se había liberado de una roca que pesaba con fuerza y que hacía de su cuerpo esclavo y miserable, monstruoso y aterrador. Era hora de pintar su propio trazo y de escoger hacia donde quería que llegara la línea. Preferiblemente bien lejos de allí. Compro un nuevo espejo y lo colgó en el baño de su habitación. Se miró y se vio hermosa. Se vio especial. Desde el más largo de sus cabellos hasta el más pequeño dedo del pie. Entonces empezó a aceptarse. Recordó lo que había vivido aquella noche con los vecinos y pensó que se había equivocado. Lo mágico de la noche no había sido el hecho de ser invisible o indetectable, sino darse cuenta de las posibilidades de expansión que su cuerpo podía adquirir. Gracias a esa experiencia irónicamente se conocía más a sí misma. Sus puntos de caída y éxtasis, de explosión de placer. Se dio cuenta que su cuerpo, incluso cuando no era visible era objeto de deseo y misterio. Que por más que la piel y las vísceras se fueran. El misterio del cuerpo seguía allí. Alimentaba deseos, apetitos y pasiones. Las guardaba en un pequeño cofre de piel. Su cuerpo era un templo. Era el lugar de lo sagrado, donde explotan galaxias y besos, donde se inician senderos inexplorados de la boca al ano, del cuello a los pies.

Decidió seguir con la siguiente etapa del plan improvisado que había ideado. Salió de su casa. Se compró un enorme blog con hojas grandes en una papelería. Se dirigió al parque. Empezó a pintar: Perros, arboles, casas, hombres. Todo tipo de hombres. No importaba sexo o edad. Ancianos tirando maíz a las palomas, parejas tomando café, mujeres maquillándose a escondidas, niños jugando frizbee, hombres solteros que trotan con sed. Sólo quería pintar y pintar. El arte era el medio por el cual se reafirmaba su cuerpo. Ese cuerpo que fluye como los demás en el río de la vida. Había encontrado una función para él. Había aprendido a querer y apreciarse, a expandirse y devenir. Finalmente se dio cuenta que a pesar de que no era invisible, no se necesitaba ningún polvo mágico para poder desaparecer.

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