lunes, 14 de octubre de 2013

Las letras y la ginefobia

Foto por: Francisco Enríquez Muñoz


“La mentira, el relato de las cosas bellas y falsas,
es la finalidad misma del arte”
  
Oscar Wilde



Introito.

La literatura no copia los abusos y monstruosidades de la vida igual a como hacen los reporteros de periódicos sensacionalistas. La buena literatura discurre sobre hechos humanos, es verdad, pero sobre lo repetidamente acaecido que ella recrea, levanta una nueva arquitectura narrativa, con un enfoque revelador, con estilo e imaginación propios, con el destello de interiores verdades estéticas. La literatura y las artes son mentiras bellamente contadas, afirmaba Oscar Wilde, queriendo ratificar que ellas no imitan la vida, sino al contrario, se hacen tan atractivas en su bella falsedad que conllevan a la vida  a querer imitarlas (1). Este es el caso de las novelas 2666 (2) de Roberto Bolaño y Millenium (3) de Stieg Larsson, con situaciones y personajes que no han existido jamás y que sin embargo son más reales que los de carne y hueso.  

Tanto Bolaño como Larsson abordan asuntos humanos demasiado humanos, destacándose entre ellos los ataques contra las mujeres en Ciudad Juárez (México) y en Suecia. Sus creaciones configuran una estética de la violencia de género que emana, no la verdad simple, sino la belleza compleja –lo feo entre lo armónico-, compuesta de verdades en términos de belleza que indagan en la naturaleza humana los tensos resortes que pueden desatar extrañas conductas.    

La sacrofobia y la ginefobia son, entre otros miedos, el tema de conversación entre el investigador judicial Juan de Dios Martínez y la directora del manicomio de Santa Teresa (Estado de Sonora – México), la psiquiatra Elvira Campos, en uno de los pasajes de la novela 2666. Mientras el judicial se devana los sesos tratando de hallar a un hombre que profana los templos (sacrofobia), la psiquiatra insiste en que la ginefobia es un mal mayor que está extendido en México, aunque disfrazado con los ropajes más diversos. Más que miedo, la ginefobia es la aversión obsesiva hacia las mujeres, otra de las fobias que están creciendo silenciosamente en el corral globalizado, agazapada en eufemismos, invisibilizada por el espectáculo en que devino la cultura y por la supremacía de temas políticos y económicos que dominan el espectro mediático. Stieg Larsson, periodista y escritor sueco, abre su primera novela de la trilogía Millennium, Los hombres que no amaban a las mujeres, con el siguiente epígrafe: “El 18% de las mujeres de Suecia han sido amenazadas en alguna ocasión por un hombre”. Pero, es en la segunda novela, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, donde Larsson desnuda en una punzante prosa de suspenso el denigrante comercio sexual entre Europa del Este y los países bálticos, y la persecución delirante por parte de varios hombres, incluido su padre y hermano, que padece el singular personaje de Lisbeth Salander.

¿Cuáles son las motivaciones que llevan a un par de escritores de distantes continentes a escribir sobre la ginefobia, valiéndose del periodismo investigativo, una propuesta estética, y la ficción? Para Bolaño es crucial dar cuenta, una tras otra, con fechas, descripciones detalladas del sitio en que fueron hallados los cuerpos, cómo fueron violentadas, cómo estaban vestidas, qué originó finalmente el deceso de todas las mujeres asesinadas entre 1993 y 1997 en Santa Teresa (transposición de Ciudad Juárez). Pareciera que el escritor chileno quisiera restaurar la inocente humanidad de cada una de esas mujeres salvajemente asesinadas, para al menos resistir al rápido olvido esa tropelía, negarse a la indiferencia humana, ofrendar un homenaje a cada víctima. Larsson va más al frente; no sólo desvela los aberrantes estigmas, usos, controles, torturas y vejámenes que sufren las féminas, sino que crea un personaje, Lisbeth Salander, quien detesta a los hombres que odian a las mujeres y asume la justicia por su propia mano. Como si el sueco sintiera en carne propia el dolor de aquellas que han sido ultrajadas, y sublimara en la vengativa y dura Salander la rabia acumulada y la indignación contenida.

Tanto Bolaño como Larsson están cruzados por la clásica novela policíaca. El chileno hace gala de una prosa poética, con un despliegue de detalles que imprimen fresca vitalidad a los ambientes y personajes, con sensible vuelo imaginativo en el que reconoce hasta los seres no humanos que impregnan el entorno narrativo. El sueco esgrime una prosa dura, afilada, explosiva, con frases entrecortadas, con profusa ficción, desenlaces sorprendentes, personajes con fuerte carácter, de reacciones imprevistas.

México y Suecia son los escenarios donde se desarrollan los principales acontecimientos de las novelas. El primero con una sociedad dominada por la religión y la lucha por la subsistencia; el otro, donde hay una libertad sexual ilimitada y se distingue con uno de los mejores estándares de vida en el mundo. En Santa Teresa, violan, cada día, a más de diez mujeres, muchas de estas violaciones terminan en asesinato. Suecia es, proporcionalmente, uno de los países que más putas compran, per cápita, de Rusia o de los países bálticos. Chicas entre los 15 y 20 años, procedentes de la miseria social de los países del Este, son atraídas a Suecia para trabajar, o sea, entregar su cuerpo para que las violen sistemáticamente. No hay otra actividad delictiva donde la aceptación social sea tan grande y donde la sociedad haga tan poco para acabar con ella…

“A todo el mundo le gustan las putas: fiscales, jueces, maderos, y algún que otro miembro del parlamento. Nadie escarbaría demasiado para atajar la actividad” (4).
Bolaño y Larsson no intentan explicar desde la sociología, ni la psicología, ni la antropología, los determinantes profundos de los sucesos. Esa no es la tarea de la literatura. Describen y recrean en una estética particular lo que investigaron, ficcionan y empoderan. A través de un surtido diversificado de personajes, ofrecen miradas múltiples a los hechos; pero es evidente que no sólo se preocuparon por construir un proyecto estético. No hay proyecto estético de envergadura que no sea soportado en un proyecto ético. Las grandes obras de la literatura universal han sido la explosión de elaborados sentimientos y percepciones que han tallado la vida interior de sus autores. James Joyce no hubiera escrito Ulises sino hubiera sido vapuleado en su niñez por la religión; Robert Musil no hubiera escrito El hombre sin atributos sino hubiera visualizado en su adolescencia lo que auguraba el “prometedor”  mundo industrial burgués que se iba devorando lo que quedaba de la aristocrática cultura del viejo régimen; Fedor Dostoievsky no hubiera escrito la parricida novela Los hermanos Karamazov si no hubiera tenido el padre que tuvo; Franz Kafka no hubiera escrito El proceso sino hubiera vivido en carne propia la fragilidad y el desvalimiento del hombre frente a la omnipotente máquina burocrática.


Vidas paralelas.

Oriundos de distantes puntos geográficos, sorprenden algunas sincronicidades entre los dos escritores. Contemporáneos que nacieron con un año de diferencia; ambos fallecieron a los 50 años, grandes lectores, noctámbulos, escribieron frenéticamente al final de sus vidas, no vieron publicados sus trabajos más elaborados, profesaron un profundo respeto hacia el periodismo investigativo, se interesaron durante su juventud por procesos democráticos en distintos lugares del planeta. Pero, el hecho más significativo que distingue las vidas paralelas de estos creadores es una situación particular que vivenciaron con mujeres, tal vez esté aquí el germen de un proyecto ético y estético que abarcaría sus vidas. Ocurrió durante sus adolescencias; en el caso de Bolaño, consistió en la desaparición de sus amigas, las hermanas Garmendia, en los días posteriores al derrocamiento del presidente Salvador Allende en Chile. Este episodio quedó registrado en la novela Estrella distante (5) cuando narró la traición que Alberto Ruiz-Tagle o Carlos Wieder –miembro del taller de poesía de Juan Stein en Concepción, junto con el mismo Bolaño y las Garmendia-, hace a éstas, quienes se esconden de la dictadura.

Cuando Stieg Larsson tenía 14 años, vio como sus amigos violaban una niña en un camping. No hizo absolutamente nada para impedirlo; entonces, buscó a la niña para brindarle excusas, pero ella lo rechazó (6). Esta experiencia lo conduciría a una actitud antiginefobica, notoriamente visible cuando en un intercambio de cartas con su editora, Larsson es intransigente con el cambio del título de su primera novela en la que se sostuvo debía ser Los hombres que odian a las mujeres, Man som hatar kvinnor –en sueco-. Fue después de su prematuro fallecimiento que los editores españoles decidieron cambiarlo por Los hombres que no amaban a las mujeres. ¿Qué diría Larsson si supiera que en Estados Unidos hicieron una versión cinematográfica de esta novela con el título La chica del dragón tatuado? Aquí se soslaya totalmente el sentido profundo del texto literario al destacar un aspecto formal.


2666
Un oasis de horror en un desierto de aburrimiento (7).

Un escritor prestigioso, del que muchos hablan pero nadie ha visto, es el centro de admiración de 4 profesores de literatura. Estos leen todas las novelas del escritor, escriben ensayos sobre ellas, asisten a congresos para dar conferencias. Anhelan conocer al nominado al premio Nobel, Beno Von Archimboldo, quieren conversar con él, lo buscan en los sitios donde dicen lo han visto, pero todos los intentos son infructuosos. El reputado Archimboldo, no se deja ver en ningún evento público, envía representantes a las editoriales, no hace lanzamiento de sus libros, no da ruedas de prensa, no pasa a ningún teléfono, no dicta cátedra, esconde su identidad en un seudónimo que nada tiene que ver con su origen alemán, a excepción del von, definitivamente muy germano.

La última opción para hallarlo es la ciudad de Santa Teresa. Hacia ese lugar se dirigen tres de los profesores, el francés Jean-Claude Pelletier, el español Manuel Espinoza y la inglesa Liz Norton. No pudo viajar el italiano Piero Morini. Esta ciudad, donde asesinan mujeres que botan en cualquier vertedero, es punto de llegada de  todos los que tienen velas en la vida interna de la novela. Sus habitantes afirman haber visto al escritor, pero Archimboldo es apenas un antifaz, al final de la novela se descubre que Hanz Reiter, un veterano del ejército nazi, es el hombre amado y buscado. Ni siquiera su única hermana, Lotte, sabe que él es el famoso escritor. Un hijo de Lotte es encarcelado en Santa Teresa acusado de asesinar a una de las tantas víctimas de delitos sexuales, entonces, por solidaridad con su hermana y sobrino, archimboldo viaja hacia México, cuando todos los que lo buscaban allí hace rato han regresado a sus países.

Novela anti policíaca porque no se descubren los asesinos en serie, excepto unos cuantos uxoricidas. El paisaje cotidiano de víctimas que aparecen como otro arbusto más, se erige en un altar del horror al que concurre la curiosidad mórbida de la sociedad. Cadáveres de mujeres abandonadas en cualquier basurero, en el desierto, en los cerros, en las carreteras, en los baldíos, detrás de los depósitos industriales,  en las calles, en los potreros, en edificios en construcción, en los arroyos, en sus propias casas, en las canchas de fútbol. A pesar de la recopilación de elementos probatorios, investigaciones, interrogatorios, fotos, expedientes, los crímenes quedaban en la impunidad. Bajo el polvo del desierto de Santa Teresa reposaban los cuerpos que representaban el erotismo, pero también la muerte, la atracción y la fatalidad, la inocencia y la perversión, el placer y la aniquilación, la fiesta y el luto. El cuerpo de mujer como otro campo de batalla del imaginario del hombre, carne y piel desgarrados por Eros y Tánatos, por el deseo y la destrucción. Hombres que llegan al cuerpo de la mujer no para compartir sino para dominar.

 Mujeres desde los 11 hasta los 50 años, estudiantes, obreras de las maquiladoras, camareras, empleadas, amas de casa, prostitutas, meseras. Faltan autopsias, desaparecen los exámenes balísticos, la indiferencia de los círculos sociales es pasmosa. Nadie escribe una crónica que profundice en los hechos. Tuvo mayor eco en la prensa local un ataque a las imágenes de las iglesias, que las mujeres asesinadas durante meses. Los periodistas caen en lugares comunes, al relacionar las muertes de mujeres con actividades del narcotráfico. Un cura que lee teología de la liberación informa mejor que la policía sobre lo que sucede en la frontera con México. La academia está atendiendo a los profesores de literatura que visitan la ciudad, y éstos están hechizados por un espectro que creen ver corporeizado en algún gigante santateresano. El aburrimiento los acecha. Ni siquiera en el DF se dan por enterados. Las autoridades pretenden disimular su impotencia al difamar a las víctimas, pues ellas se lo buscaron, “medio puta, decían los policías” (8). La tragedia cotidiana es objeto de banalización en los medios policiales y, posteriormente, en los periodísticos; los judiciales hacen chistes: “las mujeres son como las leyes, fueron hechas para ser violadas”.

La mayoría de las víctimas fueron estranguladas, violadas anal y vaginalmente. A una de ellas le encontraron restos de semen en la garganta, “lo que contribuyó a que se hablara en los círculos policiales de una violación `por los tres conductos´” (9). El marqués de Sade parece emerger de aquellos conductos para advertir que el vicio y la destrucción doblegan la naturaleza de aquellos hombres que fundan en el placer físico egoísta y en la dominación, sus impulsos eróticos. ¿Qué resorte recóndito lleva a un hombre a asesinar a una mujer después de que ésta le ha ofrecido el más anhelado placer? No dejar evidencias de su brutal coerción, deshacerse de la única voz que lo puede acusar, parecieran ser las respuestas. Si tanto el bien como el mal son cosas rutinarias, si es verdad que todos somos insignes malvados, si todos los días mueren personas, es evidente también que en estos crímenes sexuales hay un plan racional que va desde el rapto, la violación y el asesinato, que los convierte en las peores demostraciones de horror. La humillación y sufrimiento de las mujeres es indecible porque desde que son raptadas saben a conciencia lo que les espera. Son horas del terror más despiadado, saben que no saldrán con vida, la impotencia es absoluta contra la fuerza masculina.

Existe ginefobia porque prevalecen rezagos de estigmatización a la mujer por ser ella misma, por empoderarse, por decidir qué hacer con su cuerpo. Por ser bruja instintiva, porque es discriminada desde doctrinas religiosas por aprensiones morales, porque no se acepta la alteridad. Pareciera que la humanidad necesitara de rebrotes, de fuertes dosis de animalidad, de inocencia salvaje, de horror y de sadismo para confirmar que la vida sigue siendo la primigenia vida con sus impulsos eróticos y tanáticos. No existe el hombre sin sombra. Y la cultura, a través de las instituciones ha querido acallar el instinto con una incomprensión insana que produce su resurgimiento enloquecido. En lugar de ayudar a conducir los instintos, los impulsos a la danza de los cuerpos y el deseo, la convierte en la “danza macabra”. La represión, los prejuicios, la mezcla sexo-sangre, devuelven el humanitas al animalenses bestializado.

Bolaño hace visibles a las víctimas de delitos sexuales, devuelve el rostro a las mujeres que fueron apenas un número estólido en las estadísticas forenses; rescata sus sueños, sus logros, sus habilidades. Vuelven a ser, la niña inocente, la joven curiosa, la madre solícita, seres vivos con pensamientos, sentimientos, ideales. Revive su condición de protectoras, con hijos a los que quieren entregar toda su energía y sus ingresos, mujeres que caminan largas distancias para llegar a las fábricas, mujeres a las que no les importa pasarse noches sin dormir empalmando un turno con el otro, mujeres cuyo sueño era vivir cerca del mar, mujeres de los pies a la cabeza, mujeres que le rezan a la virgen de Guadalupe, mujeres que cocinan a su prole, mujeres que cuidan un patio con plantitas y gallinas, mujeres con las piernas abiertas -muy abiertas-, , mujeres que quieren estudiar computadores o irse a Estados Unidos a cambiar el destino, mujeres que anhelan ser artistas. También, evoca a las menores de edad que morían sin que nadie hiciera nada para evitarlo, niñas que apenas empezaban a despertar a la conciencia, niñas cuyo pecado era tener un cuerpo de mujer, niñas que no se desprendían de sus muñecas, niñas alquiladas a las maquiladoras.

Nadie tiene idea de lo que acaece en Santa Teresa, excepto Elvira Campos, la directora del manicomio, algo similar a lo que ocurre en Ensayo sobre la ceguera con la mujer del médico, la única que no pierde la vista cuando todos los demás se quedan ciegos. Elvira ve ese oasis de horror en un desierto de aburrimiento, donde se destinan más investigadores judiciales a perseguir profanadores de templos y pequeños ladrones que a investigar los asesinatos de mujeres. Elvira no se ha contagiado de la ceguera general que no es más que la insensibilidad y robotización de la gente; ya ha visto demasiado, piensa que a los 55 años, próxima a cumplirlos, debería suicidarse. Soñaba, a veces, que lo dejaba todo, tomaba un avión a Paris, se hacía arreglar la nariz, los pómulos, se aumentaba los senos, rejuvenecía 10 años. “Una nueva vida sin mexicanos ni México ni enfermos mexicanos” (10). Como para Hamlet, Dinamarca era una cárcel”, así era México para Elvira. Ella hace teatro en el teatro de los enajenados, se reserva su espacio privado, tiene a raya a su estulto pretendiente. Elvira también se debate entre el ser y el no ser, entre el envejecerse en una sociedad de locos o escapar a la libertad.

Una serie de personajes desencantados habitan la narrativa de Bolaño, como una profesora de secundaria que escribe poesía y se suicida porque no soporta “todas esas niñas muertas”; la muchacha que no cree ni en el amor, ni en la honestidad, ni en las puestas de sol ni en las noches estrelladas, ni en los libros, porque en su casa sólo hubo libros nazis, política nazi, economía nazi, mitología nazi, poesía nazi, novelas nazis, obras de teatro nazi. Un pintor que sólo pinta mujeres muertas. Pero también hay un cazador que se iba al bosque, hiciera el tiempo que hiciera, a buscar su pene y sus testículos que le habían arrancado. Este hombre sin atributos terminó casándose y vivía feliz; un hombre que logró imponer su deseo a la realidad (11). Allí radica, tal vez, la felicidad, pareciera decirnos Bolaño, en intentar siempre imponer el sentido de la posibilidad al sentido de la realidad. Los dos sentidos que según Robert Musil permiten, en su interacción dinámica, que “siempre el mundo podrá ser de otra manera”. No obstante, los muertos de Pedro Páramo parecen trasladarse a los barrios pobres de Santa Teresa, a las zonas de maquiladoras, a las fábricas cercadas por barreras de alambre en las chabolas perdidas, “esperanzadas apenas en un hermoso atardecer”. Y susurra también El laberinto de la soledad, que tiene la virtud de que lo allí predicado no solo aplica para México sino que es extensible al género humano:

“La contemplación del horror, y aún la familiaridad y la complacencia en su trato, constituyen contrariamente uno de los rasgos más notables del carácter mexicano. Los Cristos ensangrentados de las iglesias pueblerinas, el humor macabro de ciertos encabezados de los diarios, los “velorios”, la costumbre de comer el 2 de noviembre panes y dulces que fingen huesos y calaveras, son hábitos heredados de indios y españoles, inseparables de nuestro ser. Nuestro culto a la muerte es culto a la vida, del mismo modo que el amor, que es hambre de vida, es anhelo de muerte, el gusto por la autodestrucción no se deriva nada más de tendencias masoquistas, sino también de una cierta religiosidad” (12).


Millenium
Ecuaciones absurdas.

Las heroínas y anti heroínas de la literatura cambian de porte e ideales de acuerdo a las épocas. Emma Bovary, Ana Karenina y Madame De Renal, con lo osadas que eran, resultan apenas unos modelos decorativos al pie de la figura indómita de Lisbeth Salander, coprotagonista de las tramas de la saga Millenium. Mientras aquellas desdichadas esposas soñaban con liberar su cuerpo reprimido en un encantador amante -a la postre obtenido-, en Salander, las urgencias carnales son resueltas con cualesquier chico de playa, con una lesbiana o un periodista listo. Su menuda figura aparece siempre en los momentos cruciales, justo cuando se requiere de una prueba contundente para neutralizar a algún bandido, o cuando alguien está en peligro de perecer y su concurso lo evita. Joven solitaria que tuvo maltrato de su padre machista y violento durante su infancia; en su adolescencia fue obligada a asistir a control psiquiátrico bajo la tutela y administración de un abogado. Salander se convierte en una hacker de categoría mundial conocida con el pseudónimo de Wasp, boxeadora, estudiosa de las ecuaciones matemáticas, extraordinaria investigadora con memoria fotográfica, una verdadera heroína; pero ni siquiera sus ex compañeros investigadores de la empresa Milton Security confían en ella por su silencio y fuerte carácter.

Rodeada de hombres que odian a las mujeres, Lisbeth actúa a la defensiva encerrándose en su pequeño portátil y su íntima bisexualidad. La policía la acusa de ser la autora de un triple asesinato que conmueve a Estocolmo, cuando precisamente ella apoya la causa de la criminóloga y el periodista asesinados. Causa que tiene que ver con lo que ha padecido la misma Salander: maltratos y abusos por parte de los masculinos. Mia Bergman y Dag Svensson, estaban a punto de publicar una tesis y un libro sobre el tráfico y violencia contra las mujeres. “From Russia with love, Traffiking, crimen organizado y las medidas tomadas por la sociedad” -la tesis de Bergman-, consistía en una serie de entrevistas a putas. Svensson, entre tanto, denunciaría a los puteros y ataba cabos entre las empresas encargadas del comercio sexual. Una vez se publicara el libro, planeaban denunciar penalmente a los implicados en abusos a chicas menores de edad, entre ellos jueces, fiscales, policías, abogados, periodistas, uno de los cuales había escrito textos sobre trata de blancas.

Hay ecuaciones razonables como la ecuación virtudes públicas + vicios privados = integralidad humana; pero hay también otras ecuaciones tejidas con peregrinas asociaciones que echan raíces en el imaginario de la opinión pública, como la que sufre Lisbeth con  la ecuación “joven bajo control psiquiátrico = trastornada = psicópata = peligrosa asesina”. Es verdad, que Salander tenía un carácter violento, y era capaz de matar, pero sólo lo haría por defensa propia. También era excéntrica, pero nunca hacía nada en contra de su voluntad y sin analizar las consecuencias, “especial, si. Loca, no” (13). En su niñez, los dados se cargaron hacia un profundo trauma fruto de una violación que incubó una personalidad paranoica, sin motivos para creer en las autoridades ni en nadie. Las agresiones de su padre contra ella y su madre, además de los abusos de su tutor, no fueron tenidas en cuenta en los informes psiquiátricos, los que sólo dieron credibilidad a las reacciones defensivas de Lisbeth que fueron catalogadas de antisociales.

Salander se percata desde sus 12 años que está prácticamente sola en el mundo, que debe enfrentarse a sus agresores masculinos sin apoyo de las instituciones, y difícilmente su madre puede ayudarla. Desde entonces todas sus facultades y talentos se disponen a desarrollarse febrilmente para soportar una adolescencia marcada por un tratamiento psiquiátrico que incluía la tortura, justificada por dictámenes arbitrarios como el síndrome de Aspergers, una forma de autismo. Era una coartada de funcionarios y delincuentes para mantenerla encerrada como una loca con el fin de evitar que revelara quién era su padre. Cuando una ecuación absurda es reforzada con documentaciones psiquiátricas y especulaciones policiales, termina aceptándose como axiomática. Se cumple aquí la paradoja formulada por Kafka, por la cual el hombre no tiene opción ante la Ley, está condenado a priori, y su inferioridad y desvalimiento es tal que termina autoinculpándose. Al igual que en la novela 2666, las víctimas se convierten en victimarios, y las investigaciones se desvían hacia chivos expiatorios, como si obedecieran a un libreto para ocultar o proteger un monstruo mayor.

En un mundo en el que el hombre ha devenido en insecto fácilmente atrapable en una telaraña jurídica voraz e ineludible, las autoridades hacen de la justicia un show mediático y los periodistas suplantan a los jueces, transgrediendo debidos procesos. Expresan apreciaciones subjetivas, carentes de razonamiento lógico en derecho, condenan y deshonran a personas que no han sido vencidas en juicio, las que finalmente son declaradas inocentes de acusaciones fruto de montajes prefabricados. Tiempos en que no se ha terminado de cometer un crimen y ya las autoridades tienen uno o varios sospechosos a los que se somete al escarnio público. Con el poder mediático, los periodistas convierten la vida de un inocente en un infierno. A Lisbeth la tildan de psicópata y sociópata por defenderse, desconfiar y ser sola.

La tercera víctima por la cual acusan a Lisbeth es el abogado Nilsj Bjurman, su administrador de tutelaje, quien aprovechando su condición la violó repetidamente. Salander no lo pudo denunciar porque figuraba como incapacitada y nadie le creería; cuando creció y se hizo independiente, ingresó al apartamento de Bjurman, lo encadenó a su cama y tatuó en su abdomen un texto que difícilmente podía borrarse: “Soy un sádico cerdo, un hijo de puta y un violador” (14). Lisbeth lo amenazó con entregar a los medios de comunicación una película que mostraba como la violó, si no redactaba informes acerca de su buen comportamiento. Bjurman es asesinado una hora antes de ser asesinados la criminóloga y el periodista. Coincidencialmente, Salander visitó esta pareja la misma noche de los acontecimientos, otra de las ecuaciones que maneja la policía, por la cual iguala la visita a los amigos que fallecen a una visita para asesinarlos.

Lo relevante en la prosa vibrante de Larsson es la presencia de una estética de resistencia contra la violencia de género a través de la construcción de provocadores personajes femeninos mezcla de realidad, sueño y ficción. Lisbeth Salander es un personaje alucinante, arrollador, fantástico. Una Juana de Arco que domina la tecnología informática; lleva en su bolso un bote de gas lacrimógeno, una pistola eléctrica y un martillo para defenderse de los ataques masculinos. Nada, que no le apetezca, hace; no se preocupa de lo que los demás piensen de ella, es muy competente, y no es, en absoluto, como los demás. Pasaría desapercibida con su uno y cincuenta centímetros y 42 kilos de peso, sino fuera por su conducta introvertida, en permanente defensiva. Desconfiaba por completo de las autoridades, no permitía que nadie se entrometiera en sus asuntos personales; si alguien intentaba gobernar su vida veía en esto una provocación y, tal vez, incluso, un hostil ataque (15).

A Lisbeth la habían entretenido los rompecabezas y los enigmas. Ajedrecista intuitiva, a los 9 años dominó el cubo de Rubik; jamás falló en los test de inteligencia de los periódicos. Más tarde, siguió la evolución de las matemáticas desde Arquímedes hasta el actual Jet Propulsion Laboratory de California. Se asombró con el método de Andrew Wiles para resolver el Teorema de Fermat, lo cual contribuyó a que le atrajera la idea de lo absoluto. Lisbeth evitaba ligar con hombres, su tiempo estaba destinado a ensayar inmersión en el jacussy de su apartamento, a analizar y leer en su computador hasta las 4 de la madrugada. Con una moral propia, en su mundo las cosas eran o “corretas” o “incorrectas”; como investigadora, siempre entregaba resultados por encima de lo normal, pero en el trato social…desastrosa.

Otro sorprendente personaje es Miriam Wu, pareja de Lisbeth. Una reconocida lesbiana en los clubes de moda de Estocolmo, quien participó en un Festival del Orgullo Gay y había escrito artículos sobre sexo lésbico BDSM. No ocultaba que se dedicaba a ligar con mujeres y sus mayores fantasías eran dominar a sus parejas y usar los juguetes sexuales. Miriam Wu padece el asedio de los periodistas y la persecución de la policía. Los miembros de esta institución la llaman “la mujer de 31 años”; cuando la interrogan le increpan su preferencia sexual, a lo que ella se defiende: “No he cometido ningún delito y la manera en que yo elija vivir mi vida y las personas con las que me acuesto no son asunto tuyo ni de nadie” (16).

Estamentos sociales influyentes se entrometen en la vida privada de las mujeres, evidenciando la homofobia como otra práctica en una sociedad que ha sido reconocida como garante de los derechos sexuales. Satanizan a bandas de rock lesbianas, promueven violencia y odio contra ellas. Los diarios destacan la relación de Lisbeth con Miriam Wu, publican detalles de cómo hacen sexo. Larsson muestra otra faceta de la sociedad mundial que no ha podido globalizar el respeto por la piel hacia dentro de los individuos; devela el truco de exponer la vida privada de las personas para hacerlas más vulnerables a otro tipo de juicios. El autor sueco parece ponernos en el tapete el “síndrome del Conde de Bressac”, ese personaje sórdido de la novela Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade. Bressac odia a ciertas mujeres porque ve en ellas un estado óptimo del ser; goza al verlas sufrir, física o moralmente. La sociedad pretende moldear a la mujer, imponerle ajenos caminos cuando ninguno le satisface, ni siquiera el de la virtud que escoge Justine, en el cual sólo consigue agravios y traiciones. Lisbeth no sigue ni el camino de la virtuosa Justine, ni el de su hermana, la licenciosa Juliet. Emprende su propio destino haciendo lectura de las contingencias que ha atravesado, es ella misma, no es ninguna otra mujer.

Harriet Vanger es otro personaje deslumbrante de la trilogía Millenium. Se refugió durante 37 años en Australia para huir de las violaciones que le hacían su padre y hermano. Desapareció misteriosamente a los 16 años; su tío paterno –el único que no la dio por muerta-, contrató los servicios de Mikael Blomkvist para que investigara el paradero de su sobrina. Blomkvist, el otro coprotagonista de la saga, es un periodista de la revista Millennium y el mejor amigo de Lisbeth, también su compañero de investigaciones y aventuras al límite. Fue salvado de morir por la misma Salander, de las manos del incestuoso Martin Vanger, padre de Harriet (trama de Los hombres que no amaban a las mujeres). El periodista, con la ayuda de la hacker, pudo probar los fraudes del empresario financiero Hans-Erik Wennestrom, lo cual lo catapultaría al prestigio y aseguraría la solidez económica de su revista. Salander se aparta de su vida por celos; pero es Blomkvist el que la rescata de los ataques de su padre y hermano. La última novela de la trilogía (La reina en el palacio de las corrientes de aire) devela el origen ruso de Alexander Zalachenko, padre de Lizbeth, su conexión con redes de proxenetas, distribución de anfetaminas y venta de información a la Sección Secreta del Estado.

En la trilogía Millenium no sólo asistimos a la denuncia de ginefobia, homofobia y xenofobia en una sociedad que se ha considerado respetuosa de todos los derechos humanos, sino que también revela (y éste es quizás su mayor logro) la profundización de la revolución de la mujer iniciada en el siglo XX. Hecho que se evidencia en la incursión de ésta en las tecnologías, en los deportes de dominio exclusivo masculino, en las elites de investigación, en el rompimiento de estructuras de control social y moral, en la búsqueda de otro destino distinto al rol de dama de compañía y estuche reproductor que tradicionalmente se le ha impuesto. El singular personaje de Salander es una versión moderna de la ingeniosa Sheherazada, con la diferencia de que en lugar de salvar su vida con el relato de cuentos maravillosos, Lisbeth lo hace desde la acción audaz, el despliegue de la inteligencia y el aprovechamiento de las debilidades de sus enemigos. Lisbeth Salander es uno de esos únicos personajes reales que lo son porque no han existido jamás en el mundo. Con su creación, Stieg Larsson ha puesto su cuota demiúrgica para satisfacer la petición que hiciera Oscar Wilde: Si no se hace algo por modificar nuestro culto monstruoso a los hechos, el arte se tornará estéril y la belleza desaparecerá a la tierra.  


Conclusiones

A pesar de las diferencias culturales, geográficas, de idioma, religión y de sistemas político económicos, los seres humanos somos los mismos en todas las naciones. Gozamos de fortalezas, motivaciones, ilusiones; pero, también padecemos problemas, angustias, necesidades, sueños frustrados. En una palabra, en todos los lugares del planeta, los seres humanos estamos en falta, y según como abordemos las respuestas a esta falta, dependerán nuestras realizaciones. La ética juega un papel importante en este desenlace, pues ella guía el cómo en los intentos de satisfacer el deseo.

La ginefobia es una de las expresiones resultantes de las equívocas resoluciones del problema existencial de la falta. No se reduce a evidentes signos de intolerancia contra la emancipación y autonomía de la mujer. Algunos miembros de las comunidades creen que a través de la manipulación y el abuso de la mujer, resuelven la falta; mientras que otros emprenden el camino de la comunicación y el aprendizaje mutuo con el sexo opuesto para avanzar en el reconocimiento del otro y la comprensión de los retos. La ginefobia al extremo, traducida en la eliminación física de la mujer, es la negación del erotismo y del goce en la otredad, en el cuerpo ajeno. La práctica del erotismo pone en dinámica las descargas intrínsecas de la vida y la muerte, sin necesidad de llegar al crimen; nos libera de la violencia y nos acerca subliminalmente a la muerte, pues es ambiguo en su doble cara de placer y aniquilamiento, ejerce una saludable fascinación por ser dador de vida, también de muerte representada.

El cuerpo de la mujer se ha convertido en caballo de batalla de los imaginarios masculinos para representar todos los innombrables. El deseo, la vida, el amor, la gracia, el arte, la inocencia, la maldad, lo ominoso, la falta, la naturaleza, la muerte, la esperanza, la felicidad, tienen cuerpo de mujer. La mujer, entonces, genera pasión, pero también miedo a ser devorado por ella. Cuando este miedo se desquicia, se vuelve agente de violencia y muerte física; más aún, cuando está azuzado por otras variables del entorno, entre ellos, lucro, redes de prostitución, narcotráfico.

En el panorama de la literatura contemporánea, surgen dos escritores que abordan el tema de la ginefobia; Stieg Larsson es visceral para hablar del maltrato a la mujer, su indignación es tal que crea una heroína justiciera que mata hombres que odian a las mujeres. Roberto Bolaño asume una posición de humano cronista judicial que da vida a esas víctimas que a nadie interesa excepto a sus familiares. Ambos proponen una estética de la resistencia desde las más idóneas armas que un escritor puede esgrimir: las letras.




Notas
  1.  Wilde, Oscar. La decadencia de la mentira. En: Ensayos y artículos. Barcelona: Edicomunicación. 1999.
  2. Bolaño, Roberto. 2666. Barcelona: Editorial Anagrama. 2010.
  3. Millennium es el conjunto de tres novelas del escritor sueco Stieg Larsson. Ellas son: Los hombres que no amaban las mujeres. Madrid: Ediciones Destino.2008. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Madrid: Ediciones Destino. 2008. La reina en el palacio de las corrientes de aire. Ediciones Destino. 2009.
  4.  La chica que soñaba con una cerilla. Versión PDF, Página 234.
  5.  Bolaño, Eduardo. Estrella distante. Barcelona: Editorial Anagrama, 1996.
  6. Higuita, Otto. Stieg Larsson: inclaudicable activista e insoslayable escritor. En: WWW.Rebelion.org       
  7. Verso de Charles Baudelaire que Bolaño utiliza como epígrafe a su novela.
  8. 2666. Página 576.
  9. 2666. Páginas 576-577.
  10. 2666. Página 669.
  11. 2666. Página 894.
  12. Paz, Octavio. El pachuco y otros extremos. En: el laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica. 1989.
  13. La Chica. Página 385.
  14. La chica. Página 367.
  15. La chica. Página 379.
  16. La chica. Página 442.

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