lunes, 4 de mayo de 2015

-La Mort Eternelle-




Apenas apuntan las tres con quince
y se presenta a mí
como la única virgen
de un país conquistado,
llega hasta el tímpano
de un solo suspiro
y se estremece al pronunciar mi nombre.
Puedo verla
recostada sobre mi cuerpo
con sus cuencas robando el brillo de mis ojos,
suspirando cual colegiala
enamorada de las barbas de su abuelo.
Me mira inmóvil e inmóvil juega con mi vida,
lenta y cautelosa detiene con modestia mis palpitaciones
hasta ahogar un seco grito de mi alma implorando que se detenga.
La lluvia cae sobre mi cara,
pero ella sonríe como si se viera
vestida de negro y con un sombrero que sobrepasa el ancho de sus hombros,
como si este fuese un chiste que cuenta a diario.
Y después se acerca de nuevo a mis oídos
y con el mismo aire de un tirano enternecido por la niña antes de ser quemada pregunta:
"¿Por qué si tanto me deseas no vienes conmigo, en vez de quedarte
aquí lamentando el hecho de no tenerme?"
Es mejor agotar las formas en las que te presentas,
a veces tan débil como un silbido
que arranca los latidos mientras uno duerme,
y otras veces tan violenta detrás de horas de inmensa tortura.
A veces cuando tú te vas mi placer comienza,
mis ojos alucinan el color de la flor de carne,
surge un paraíso que cualquier creyente juraría hace llorar a Dios,
y sólo de pensarlo, aunque su existencia no cambie nada,
me pone en un tremendo frenetismo.
A veces creo que tú crees que soy un cobarde
al mudar mi apartamento justo un paso del precipicio.
Existen los que deciden saltar,
sin más, tirar el brinco hacia el vacío
evaporarse de un sólo tiro,
representar aquel poema de Rimbaud
y también los que somos cobardes
los que miramos el barranco y nos da miedo quedar vivos
pero no por eso somos insensibles
a todas tus insinuaciones,
te hacemos nuestra en una noche
con el afán de que al despertar
nos abandones, y sencillamente nos dejes allí
tumbados sobre la cama
con la respiración ausente
haciendo nuestro cuerpo un paraíso
para los gusanos.
Tan solo tenía trece años cuando te mire por primera vez
estabas debajo de aquel tráiler,
secando las lágrimas de un pequeño,
te pregunté: ¿por qué a él?
y con una sonrisa coqueta
dijiste: esto no fue cosa mía,
también te recuerdo junto a la tumba de mi abuelo
consolando aquellos rostros dramáticos
que tenían años de no verle,
y la primera vez en mis sueños
que con el mismo tacto de una ametralladora
me preguntaste por el padre que mi niñez adoptó.
Nunca fuiste tan hermosa hasta aquel momento
mis lágrimas eran tantas
que el mar las hacía suyas,
Necesito un corazón sólo de adorno
para no llorar tu ausencia cada noche
entonces tomaste mi mano
acariciándome ligeramente como la niebla
yo soy tuya porque tu destino se encuentra a mi lado
te esperaré siempre en un eterno resplandor grisáceo
y en el momento en que seas valiente
estaré yo para llevar tu alma
a nuestro abismo.
Tú, cuerpo,
glorificante misterio
núbil orgasmo pretencioso y negro
la luz me atrapa en tus adentros
mi alma queda inmóvil en tus labios,
eres deseo y eres tortura
eres la sangre en pro de la guerra
en voz de lo invaluable.
Surges de la más pura nada
desgastas mis caricias y mis besos
con aquellos días de las cruzadas,
eres amor y miedo,
eres dulzura y crueldad
triste todo sumergido en nada
en tus brazos quiero quedarme
que el suspiro de mi nombre nunca deje de sonar.
En ese momento tu rostro se desvanece
y aquel fulgor que había tejido con sueños
comienza a deshacerse, como si el viento
volará la pólvora antes de explotar.
Paredes surgen lentamente
mi cuerpo vuelve a aquella cama
guardada en aquel gris rincón de la casa,
tú ya no estas
mujer o muerte
no me importa
lleva mi cuerpo a tu abandono,
y si me pides que deje por piedad de escribir
dejare todas mis letras entre tus muslos
y en tu pecho la insignia:
“aquí fue donde un poeta murió
y un amor se volvió eterno…”

Raphael Dómine (México)

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