martes, 22 de septiembre de 2015

La máscara, el verso y la hemorragia en bicicleta de Dávila Velázquez Paulina.



Una perspectiva del consumo de la violencia artística

Elegante ultraviolencia, alma enjauladita,
se asoma tu espíritu por la pequeña ventana.
Sonrisa entre sonrisas cualquiera,
una burla agachadita en ironía.

Y con esta patada artística
me compras como caramelo dorado.
Receptor de arte, de esta locura organizada, salpicará a tu estirpe
un veneno soportable, que rondará las sienes humanistas.

Le hablo a quien sostiene una copa de vino
y me señala con su nariz,
aquel que mastica con la boca abierta y suele callar con un golpe,
no al distinguido ser,  el analista de arte.


El vómito del amanecer

¿Quieres desnudar tu pensamiento?
¿Harto del golpe bajo de la institución?
 Saber que más allá del seno está una fuente de vida mayor.
Conocerte, ensimismarte.
Quédate callado pero habla con tu cuerpo,
mastica otro libro, digiere en crítica, libérate del tedio.

Te dijeron: activa mente y cuerpo.
Pues saca tus huesos del clóset,
cose la lengua a tu rostro,
muestra tus cicatrices y deja que se sequen al sol,
siembra sobre tu piel,
aprende a beber de una copa vacía.

Sano juicio, gusano huraño,
hombre sin esperanza,
mujer infértil;
cállate si no posees silencio.
Trabaja con manos y labios,
trabaja con seso y con sangre.
Arriesga  tus pecados al público.
¿Aún tienes algo que exponer que no haya sido arrebatado?
Vomita o llora, lamenta o grita, corre, suda, no bebas alcohol.
¿Aún te queda aliento o vives detrás del miedo?

Oquedad adusta

Tengo una profunda tristeza en el camino,
me voy, me estoy yendo, me habré ido,
siento pena de ser nada, y que el Todo se olvidó de mí.

Vine y llegué, volví tantas veces,
¿Qué encontré?
Los que se dicen gente, son bestias,
Los que se dicen vivos, se mienten.

Me marcho porque soy bestia y porque he muerto.
Hasta mi tristeza se harta de mí,
de verme siempre envuelta en ella.

He vivido sola y verdaderamente fui feliz,
necesite del Todo y él me necesitó,
pero el tiempo me ha prensado,
estoy esperando, sólo espero.

Ya no extraño este mundo y su Todo,
sólo añoro apagarme.

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Detrás del terremoto mental,
la rata tragando el polvo;
que duerme sobre riñones podridos, y adelante,
cráneos infantes enlarvados, enmohecidos.

El pensamiento se poza en la pintura rupestre,
alma y movimiento parecen imperturbables,
su presteza inmutable, rostros descarados,
la ahogada idea se quedo deshidratada.

De las academias escurre sangre pálida,
duermen como sapos lenguas carbonizadas.
El día de la pluma casi se esfuma,
se desvanecen las arterias.

Un cáncer suicida ronda en el podio,
lágrima lastimadita, revolucionario enjaulado.
Al final obscuro del hoy, cierro mis hoyos de ojo,
desendiablando los sentidos,
entonces la calma grita libremente en el trazo aventurero.


Compensación voluntaria

El ser que se defiende y se descompone para restituirse,
un cambio de estado,
la salida del vientre,
la lengua llena.
La nueva locura del poeta nos embriaga,
otro seno del cuál alimentar.
El niño jamás se fue, reconfigura su modo de jugar.

Qué se restituya la opinión y la palabra,
qué se restituya la voz vieja y surja la voz infante.
Una restitución de huesos y dientes,
de sangre limpia, de ojos buenos.
La mano que apuñala se apuñalará a sí misma,
los golpes son espejos,
los gritos ahogados ya no son muertos vivientes.

 Vuelve a respirar, repara tu camino,
resucita las venas, rehabilita las arterias.
Sombras que fuimos,
sombras contratadas,
sombras agrietadas,
sombras mal paridas,
mal amadas, mal juzgadas, mal vengadas.
Recupera tu lucha zombi come carne.



*Paulina Dávila Velázquez nació en mayo 10 de 1993, en Azcapotzalco, Estado de México. Cursa la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM, en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Es escritora de poesía y cuento principalmente. Actualmente trabaja cartonería mexicana como máscaras, alebrijes y piñatas.


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