martes, 21 de junio de 2016

Manuel Alejandro García Palacios (Frente Norteño De Poetas)


*Ha participado en diversos festivales de poesía en su estado natal y es activo colaborador con el Colectivo Versos Incordando (2012 - ). Colaboró en la categoría "Jóvenes Noveles" de la revista digital Anzus Magazine. Alumno y amigo del escritor Chihuahuense Rogelio Treviño. Colaborador y conductor del programa "Poesía Nómada" (2013 - 2014) transmitido por la radio cultural en línea "Voces de mi Región". En octubre del año 2014 se publican poemas de él en la Antología "Suversos", proyecto a cargo de la Casa Iskra de Cultura. Activamente ha colaborado en enlaces de poesía con diversos estados de la república al lado del poeta Israel Gayosso.


“Ápices de Persephoneia” 

A Perséfone.  

Cósmica sensación de sustantiva Eva angélica. Demonio.
Rubí. Génesis.Vórtice. Alevosía. Sustancia. Ahí donde 
solía encomendarme a la fe de creerte mía por la eternidad
que dura un beso. Y sueles aparecer en los rehiletes del sueño.
Causando pánico esférico. Arriba. La reina recostada en
el horizonte iniciaba con su pincelada matutina. Hundiendo
la cascada en los pliegues de tu cabello rojo. Para entintar
el aliento del sol. Perséfone. Trazó delgadas crónidas
en el talle de tu cintura. Tan mágico como aquel primer
momento que mis dedos abrazaron tu mano. Mis labios
a tu boca. Creando así un politeísmo dedicado  al sabor
de aquellos. Y yo. Yo buscando algo que probablemente perdí
en tu regazo. No sé. La cordura. Una estrella de magnitud media.
El azul. La marea del Báltico. Ese espectro gravitatorio que 
merodea el iris del santuario edificado debajo de tu mirada. 
Sí. Las Pléyades y yo nos organizamos para tocar tu piel
sin lastimarte. Ella como muérdago estelar. Yo como espectador. 
Mariposa. Troya no es una ciudad. Troya te creó de su hoguera.
Y fácilmente los sueños se pueden estancar en tu presencia. 
Pero el sin embargo existe. Sin embargo alguien llego más a tiempo
a la exquisita sobriedad de abrazarte. Al lenguaje del vino tinto
fermentado en tu saliva. En ése momento guardé silencio.
Solo para no interrumpir el proceder de tu caminar seduciendo
al amanecer. De una noche que precede al poema que lleva tu título.
El que venía sigilosamente cazando a su presa. A ti. A tu compañía.
Una nueva constelación en forma de tu silueta surgió en la materia
cuando pensando en ti miré hacia el cielo. Ahora ella es mi salvación. 
A partir de éste ocho ella es tu fotografía. Y pienso recurrir a ella 
desde abril hasta marzo. Eso sí para octubre sigo vivo. Escribiendo perfume. 
Silbando bajo. Antorcha en mano. Saldré surcando a tu madre. 
La que inventó el llanto. El invierno. Y la insospechada certeza de esperar 
por la primavera. Regurgitando las flores. Neolítico. Antesforia de la madrugada 
según tus huellas de origen persa. Embrión de día únicamente. 
Halcón purgatorial. Alpha Antliae. Nicotina. Donde suelen gritar
las formas de humo que expulsa mi garganta. Un nombre que
se parece al tuyo. Nadie. Arcadia. Salvaguardia. Nada. Día.
En una hora es posible escribir detalladamente la historia de
la humanidad. Hasta el día de tu nacimiento. Ahí. Se revierte 
la creación y se convierte en tu sonrisa. Para seguir solo existiendo.
Al final. Sobre mi taza de café observo mi espejo. Y me resigno.


“Cántaro Presencia”

Me gusta recordarla en ocasiones. Mirar su fotografía. 
Derretirla en el calor de mi pecho. Y extraviarla
en lo que puede ser un abismo de recuerdos fríos. 
Una vorágine desenfrenada de vertientes y soles
apagados. Imaginar su larga cabellera castaña
en plena erupción matutina de sueños lívidos. 
Mientras yo anochezco en su baúl. Pálido, ruego
que me libere de su mirada, que es espuma y
crisol de imanes violáceos. Orden caótica. Furia.
Intempestiva. Brutal. Sí, cierro los ojos y 
la puedo ver, acechándome detrás de la maleza
del onirismo estepario. Esperando por mi desde
una cárcel de silencios prolongados. Como los años
que transcurren sin ella a mi lado. Aún, de un vuelco
brusco de mi cabeza me limito a la idea de ya no
pertenecer a su vocabulario. Lloro por ella cuando
la ocasión amerita gritar su apellido desde el fondo
de mi taza de café. Sucumbo sin remedio a su ausencia
que raspa. Que merodea las manecillas de mi reloj
dérmico. Me deja sin oportunidad de decirle que vuelva
a éstos, mis brazos acartonados. Incoloros. Vacíos.
Que sufren las hojas de otoño que ramifican hacia el
universo al que ella no pertenece. Del cual salió sin comer
la cereza de su protogalaxia. Sin ordenar la vida
que desordenó con su partida estival. Sin persignarse ante mi,
que soy el cristo que carga sus espinas y hasta hoy,
sigue sucediendo. Sangro desde los estigmas de sus ojos 
y estoy plenamente seguro que a través de sus pulsaciones
aún yazco. Impertinente entre sus flores perfumadas.
Tan sutiles y de algarabía vasta. Crucial para la subsistencia
de mis romances, puesto que susodicha señorita se imagina
ella por sí sola en las tinieblas de mi memoria, ya insipiente.
La amo y al decirlo, toma poseción completa del ambiente
a mi alrededor. Desenvuelve su esencia tan necesaria
para la marea del Índigo. Para el nacimiento de un crisantemo.
Tambien para secundar algunos versos que casi se pudren
en el olvido. Gracias, hechicera de ojos verdes. Aurora
Boreal del curso. Por sobrevolar los fervientes rezos
con el pletórico catálogo de todos tus recuerdos a mi lado.


“La última Rosa”

Esa rosa sangra. ¿Acaso no ves sus pétalos? 
Tan septentrionales. Tan llenos de miedo.
Ocultos detrás del párpado de la ventana,
temerosos de verte llegar, temerosos de ti.
Al extremo de que, lloran espinas y escurren
por todo su delicado cuerpo. Despues no pueden
deshacerse de ellas, no secan. Se convierten
en tatuajes verdes. Se convierten en mujer. 


“Solía ser Soleado”

No me recuerdo tan nublado. Solía desaparecer
de la extravagancia emparejada en la puerta
abierta de par en par. Depurarme al filo
de la conjunción geométrica en el albor.
Saludar a mi sombra, que ella me despida
mientras interrumpe la circunferencia lunar.
En el suelo, la silueta de una mujer genuina
besa el cráter y convierte su recuerdo en vómito
de aquellas horas. Abrazados. Sin dolo
de algún día separarse. Entonces yo era soleado.
Como nube juguetona. Tocaba sus senos.
Los desaparecía bajo mi lengua. Creo que
alguna vez la hice sonreír, puesto que recuerdo
claramente aquel destello. Que cegó por un momento
la suicida poesía. La suya, fue llamarada para
mi tacto. Entonces, ahora, recuerdo cuándo comencé
a ser nublado. Cuando la dejé, sí, esta vez fue mi culpa.
A veces la extraño, otras veces también. ¿Dónde?
¿Dónde dejé olvidados sus tatuajes en la espalda baja
y ese pronunciado sismo de su piel morena?
Ya el reloj de mis ojos inundó el regreso.
Y mis brazos caen rendidos tras sostener mi rostro,
me ocupo entonces de empujar la silla bajo mis pies.
Y, en la cuerda, yace inerte un cuerpo sintético. Sin ella:
Patético. Cuelga un hombre que un día amó demasiado.

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