martes, 7 de marzo de 2017

Viaje por la modernidad rara

(Por: Oscar Barrera-México)



Estoy hasta la madre de lo mismo, de ir al mismo lugar todos los días: casa, trabajo, casa. Formula dialéctica de mi encierro libertario. Modernidad absoluta. Ruptura ante lo antiguo, tradicional y obsoleto que necesito. Libertad citadina del deseo. Límite, barrera, para conseguirlo, lograrlo, si quiera pensar en merecerlo. Trabajo, trabajo, trabajo… infinito.

Ella, con quien vivo, está aún más jodida. Su fórmula: casa, casa, casa. Súmale los niños. Su encierro moderno es todavía más cabrón, porque su citadina frustración es exponencial y su producto: un naufragio elevado a la “n” potencia.

Ellos, los pequeños, condenados a la libertad… del mercado. Mercancías. Cosas. Solo fuerza de trabajo, de esa que leía del viejo Marx. No hay nada para nosotros; no hay nada, ni habrá nada para ellos. Futuros obreros, espero que calificados… perdón: competentes; con algún grado universitario, el cual les sirva un poco más que el solo hecho de colgarlo en una sala. Espero que sean jóvenes que defiendan sus cadenas, digo… sus derechos, como aquel que defiende una educación enajenante, técnica, inhumana… perdón de nuevo: (ando muy falto de sentido) humana, muy humana, demasiado humana. Quizá obliguen a ser libres a los demás. Quizá ellos sean los obligados.

La ciudad, lugar en que la vida progresa, ha hecho que me progrese la diabetes, la hipertensión, la sordera, el alcoholismo, mi consumo de drogas, la ansiedad y la depresión. Me he salvado del VIH-Sida, del Sidral, como le llamamos, porque no soporto los callos de mi mano, justiciera ante la negativa erótica de quien lava, plancha, cocina… y siempre se corre el riesgo de asumir que “en época de guerra, cualquier hoyo es trinchera”. De otro progreso no conozco. Sigo igual de madreado, jodido, bruja. La mitad de mi salario se me va en puros pinches pasajes, como la mitad de mi vida en el microbús y el metro.

Creer. Ya no hay en que creer. Dios es para los ricos, quizá por eso lo tienen acaparado a los que sí les hace favores. San Juditas, pues, le pido y le pido, pero no me ha cumplido. Mi Flaca, mi Niña blanca, me ha abandonado. Chance esta celosa, no le he puesto su cigarro, ni su manzana: es que están bien pinches caras.

La ciudad, mía para trabajar en ella. La ciudad, de unos cuantos para gozarla. Seguiré con mi libertad para comer tacos de suadero (ahora de $8 pesos, antes de $5); comprando mi ropa en el tianguis; y juntando para celebrar los 15 años de mi hija con un buen sonido, no La Changa, ni el Cóndor, pero uno que toque rolas chidas; apiñando una lana para el mole, los pomos, porque de lo demás buscaré padrinazgo. Pero ni modo de pedir padrinos para que paguen a los policías por permitirme cerrar la calle donde será el vals.

Los de lana, compran sus ropas… no sé ni dónde. Tampoco me imagino dónde comen, dónde celebran, cuánto les cobran sus putas. No me imagino ni madres de ellos, pero me caen gordos los culeros.

La ciudad, el único lugar de encierro donde me siento libre. El único lugar donde puedo soñar, gratis, no sólo en mi catre, sino en las dos horas y media de trayecto a mi esclavitud moderna.

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