jueves, 12 de octubre de 2017

Algo inalcanzable, Poemas de Alejandra Ríos Ruiz

Foto: Azul Constanza - Alejandra Ríos Ruiz

Algo inalcanzable

Entrevisto, fosas de aire:
palabras escaldan su follaje, 
ojos brotan acalambrados,
Aroma, la mirada, escurre diáfano, enjaula, enquista 
ramas del humo que despierta verbo en la laguna, 
Insípido pestañeo.

Lo veo, me mira. Estupor 
difumina el brillo de un tiempo 
que arde consumado en los pies 
De arena, fuego, piedra superpuesta; 
lunares de cera que encierran su boca 
En la pradera, cuerpo extinto: suyo, mío. 
Somos paisaje.
Lo que es, suplica, lo que el llanto remueve al decaer 
Del ocaso guiña. Escupe hueco. 

Fingimos, vamos, venimos,
Vamos, venimos.
Arroyo de un silencio 
fluye sobre la sábana 
nítida de un cuello, cuello pálido. Mano atraviesa la espesura. 
Circunscribe un velo, un matiz, una cascada
De seda, albura etérea;  
saliva que se trenza en ventiscas de invierno. 
El roce, su voz aterciopelada se revuelca, suspiro blanco. 
Luces vanas responden al clamor, detiene 
espacio que sube, baja. Escucho la línea:
sentimiento extraño, goce del verso, lengua ilegible. 

Miramos, desciende, la elegancia del frío,
espina del eco desenvuelve, 
Regresa con un doblez en la cara,
Ojos enredan mi boca, saboreo caricias;
labios. Instante, pliegue sin carne, 
entiendo, me mira, lo entiendo, 
Atraviesa su beso mi mirada: su sabor, el recuerdo estira. 
Noche purpúrea, desnuda, eriza el deseo. 
Incorpóreo se hace cuerpo. 

Cauce inflama sobre escollos 
Amargura. Desvela noche,
incendia la delicia, fingimos, el 
alba menguante refresca 
pieles de vivos cuando sabemos: dentro de nosotros
fulgura el recuerdo impasible de un muerto que sonríe. 

Él, lugar prófugo que
habita mi desnudez.

Nos miramos, en silencio, 
nos miramos. Silencio


Cuerpo

Si los dos 
habitáramos este
mar 
que crece,
la orilla de un cuerpo,
 amanece,

Si supiéramos amar 
como lo hacen
lejanas tierras
donde la arena se hace lunar 
en la piel del silencio,

Si pudiéramos, 
aunque fuese por unos instantes
abrir el ojo de agua y
hallarnos en ese
cuerpo,
peinar siluetas con 
la lengua
tenue, evanescente,
que se oculta en 
el verbo del cielo,

Si fuésemos capaces, 
por unos instantes, 
volar sobre 
sueños inmarcesibles 
que se desdoblan 
como una seda 
dulce en la aspereza,
la realidad, 

Encontraríamos 
el alma humeante,
se asoma,
florece entre espejismos
la semilla de un eco,
en nosotros se
tapiza un canto 
que acaricia la boca;
nunca termina,
germina el follaje de
un lenguaje olvidado
que agotado nos toca. 

Si escucháramos
la afinidad de la mirada
esconderse en el cuerpo
–marea que habitamos–, 
encontraríamos 
en la espumosa 
dulzura
el hito:
lo que alguna vez fuimos. 

Somos esa voz que golpea,
redobla sobre el aire,
retiene
entrevista 
una luz silente
que se hace tan pequeña 
en las comisuras 
prófugas del arrebol 
apacible. 


Jardín
(Diez poemas)

I
Viento del aleteo
emprende vuelo sobre
cúspides sombrías.

II
El aliento se desenrolla
como lengua
por el terciopelo del ala rota,

III
Silencio, ruido que embrolla,
 hace despertar. 
Patrón de aire salpica en el tejido 
Errante: la piel sedosa. 

IV
Desliza etéreo reflejo,
hendidura del cuerpo;
bocas se entreabren esperando 
un sabor eterno. 

V
Áspero, delicado, flota espíritu 
sobre superficies ajenas,
se desdobla mariposa,
escupe su seda, 
mengua sobre almas de piedra.

VI
El sueñjardín aflora 
en pasajes trenzados,
ahí está, lejano, distante, 
precipitando quimera
Insaciable, el áureo 
eco de la brisa calca
verdor impalpable.

VII
Sobre tejados de ébano,
espejos truncados,
terrazas de espectros 
sombreados, 
empapa luceros un aleteo
inalcanzable.

VIII
En principio ahondamos 
profundo en el velo frío.
Ventanas fulguran 
brillo de cadáver. 
Pasajero silba un extraño,
eco de epitafio. Lo vemos pasar.
Se disuelve lento. 

IX
No sabríamos que al despertar,
encontraríamos el alma 
surcando el vello de un cielo
insondable. 

X
Ahí, entre el enrejado oxidado del viento
brota el jardín del verbo. 
        

¿Qué sabes de tu desaparición?

El aroma del violín,
habitaba el espacio 
envuelto en bruma.

Se consumía el último
perfume de medianoche, 
aún envolvía 
la piel enjuta.

Te encuentro,
te alejas en la pleamar 
arisca que despierta 
Humedecida, eco de luna. 
a, tuya. 

Un piano esculpe 
roces mudos, 
Deslices que embriagan, 
voz que murmura
entre desnudez 
y ardor. Fina línea.

Deambulas, te encuentro.
 Estás, muerte, 
neblina de mi cuerpo,
sutura marchita que 
desciende. 

Aromas insondables,
fragmentos de piel 
sobre el hálito exhausto,
medianoche. 

Es todo lo que sé. 



*Alejandra Ríos Ruiz: (Ciudad de México,1997). Con veinte años, Alejandra es una estudiante apasionada por el arte; pinta, toca el piano, escribe y dibuja tratando de fusionar el encanto de la palabra con imágenes abstractas que resaltan su visión poética de la realidad en que vive. La literatura, la filosofía y la música son disciplinas en las que se ha ido sumergiendo desde una edad temprana hasta el día de hoy, encontrando en profundidades misteriosas la belleza singular de un mundo que siempre ha estado ahí, pero oculto entre las redes de lo cotidiano. Encontró en el diseño sonoro un particular interés, mezclando sonidos que ella misma graba y convirtiéndolos en piezas que se complementan con aquello que escribe. En pocas palabras, musicaliza sus propios textos, esperando que algún día pueda hacer lo mismo para cuentos cortos dirigidos a niños. Actualmente cursa la licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana Campus Ciudad de México.


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